Lo que pensamos acerca de Dios es importante, pero lo que Dios piensa acerca de nosotros es infinitamente más importante. De poco serviría creer en un Dios majestuoso si ese Dios nos aborrece; en lugar de adoración, eso nos llevaría a la desesperación. Romanos 8 responde ambas preguntas: nos revela quién es Dios y qué piensa Él de nosotros. Y la respuesta transforma todo.
El Espíritu Santo es llamado en este pasaje "espíritu de adopción", porque la adopción está tan cerca del corazón de Dios que Él no tiene un solo hijo que no haya sido adoptado. Jesús mismo fue adoptado por José, y todo creyente ha sido adoptado a la familia de Dios por gracia. Esto significa que nuestra identidad no está en nuestros pecados pasados, nuestras luchas presentes ni nuestros triunfos futuros. Nuestra identidad es la de hijos de Dios, garantizada por el Espíritu eterno. Por eso podemos clamar "Abba, Padre" —papito— al Dios tres veces santo, no por nuestra dignidad, sino por lo que Cristo logró en la cruz.
El Espíritu no solo garantiza nuestra adopción; también testifica junto a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, calmando las acusaciones de nuestro propio corazón. Y como hijos, somos coherederos con Cristo de absolutamente todo. Esa herencia incluye también participar en los sufrimientos de Cristo, porque el mundo nos tratará como lo trató a Él. Pero nada nos separará del amor del Padre. Cuando Dios mira desde su trono y te ve, ve a su hijo amado. Eso es lo que eres.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Nuestra alma te lo dice hoy, Dios. Por eso estamos aquí. Porque hemos ido a otros lugares. Hemos buscado en otras aguas. Hemos conocido otras personas. Pero nadie hay como tú. Hemos conocido otros amores. Hemos tenido otros padres. Hemos tenido otros consuelos. Pero nadie hay como tú. Hemos buscado otras formas de salvación. Perdona, oh Señor. Hasta hemos adorado otros dioses. Pero en esta mañana te decimos, Rey de reyes: nadie hay como tú. En nuestras vidas, nadie hay como tú. En nuestras familias, nadie hay como tú. Para nosotros hay un solo Dios, y ese Dios eres tú. El Dios que murió por nosotros en el madero. El Dios que nos ha dado su Santo Espíritu. Rey de reyes, nadie como tú. Para tu gloria, tu iglesia dice: Amén. Amén. Gracias, Cristo.
Vamos a sentarnos, iglesia. Buenos días, iglesia. Para los que no me conocen, mi nombre es Aarón Amnún. Tengo el privilegio de presentar la palabra de Dios en esta mañana, en esta tarde ya. Decía el pastor y reconocido teólogo estadounidense A.W. Tozer que lo que viene a nuestras mentes cuando pensamos acerca de Dios es lo más importante acerca de nosotros. Que lo que viene a nuestras mentes acerca de Dios cuando pensamos en él es lo más importante acerca de nosotros. Y esta frase encierra una gran verdad, y es que nadie puede crecer más allá de su visión de Dios. La Escritura nos enseña que los hombres se convierten en lo que adoran. Nos convertimos en lo que adoramos.
En la medida en que una sociedad, en lo que una iglesia, en lo que una familia, en lo que una persona tiene una visión grande, sublime, majestuosa, correcta, santa de Dios, en esa misma medida esa sociedad, esa iglesia, esa familia, esa persona va a prosperar, va a crecer, va a ser más como ese Dios que adora. Y hacemos bien en recordar esa verdad, en enfatizar esa verdad. Tenemos que saber correctamente qué debemos pensar acerca de Dios.
Ahora, interesantemente, otro reconocido autor y teólogo del tiempo de Tozer tenía grandes problemas con esta frase. Es el autor y teólogo C.S. Lewis, y él decía que no le gustaba para nada esa frase. Vean lo que decía Lewis en su perspicacia usual. Él decía: "Leí en algún lugar que lo más importante acerca de nosotros es cómo pensamos acerca de Dios. Por el amor de Dios, eso no lo es. Lo que Dios piensa de nosotros es infinitamente más importante. Lo que nosotros pensemos de él no tiene importancia si no está relacionado con lo que él piensa de nosotros."
Gracias a Dios no tenemos que elegir entre Tozer y Lewis. Pero tú puedes ver que hay algo interesante en lo que dice Lewis aquí. A lo que le está aludiendo es que de poco serviría pensar que Dios es majestuoso si Dios nos odia. De poco serviría pensar que Dios es bueno, amoroso, grande, sublime, pero que cuando él piensa en nosotros dice: "Yo no quiero saber nada de Jairo, yo no quiero saber nada de él o de ella." Pensar en un Dios grande que nos aborrece, en vez de llevarnos a la adoración, nos llevaría a la desesperación.
Entonces lo que vamos a hacer en esta mañana, espero, un poquito en esta tarde, es pasar un tiempo en Romanos capítulo 8. Mi capítulo favorito de la Biblia. Romanos capítulo 8, versículos 15 al 17. Si estás en la Biblia de las Américas, es la página 1158. Este hermoso texto nos va a enseñar cómo deberíamos pensar acerca de Dios y qué es lo que Dios piensa acerca de nosotros.
Y déjame decirte que este capítulo, que ya dije que es mi favorito, es hermoso. Empieza diciendo, conoces, que no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Y termina diciendo que para los que están en Cristo Jesús no hay separación del amor de Dios en Cristo Jesús. Está lleno de promesa tras promesa, de verdad tras verdad hermosa, llevándonos como el corazón a exaltar a Dios cada dos o tres versículos. Uno nota como: "Gloria a Dios, amén."
Y en el mismo centro del capítulo nos encontramos con esta verdad. Versículo 15: "Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con él, a fin de que también seamos glorificados con él." Señor y Dios, esta es tu palabra. Hazla viva hoy.
El capítulo 8 de Romanos es el capítulo del Espíritu Santo. Hasta este momento han ocurrido 186 versículos en esta carta. Siete capítulos, 186 versículos. ¿Alguien sabe cuántas veces se ha mencionado el Espíritu Santo? Dos. En 186 versículos, la tercera persona de la Trinidad solamente se ha mencionado dos veces. Eso implica que el Espíritu Santo, el que ha estado normalmente, está bien tímido hasta ahora. Pero el capítulo 8 tiene 39 versículos. ¿Alguien sabe cuántas veces se menciona el Espíritu Santo en el capítulo 8? Veinte veces. O sea, su promedio de bateo es de una vez por cada dos versículos. Ese es un excelente average. Cada dos versículos el apóstol Pablo menciona al Espíritu Santo en este breve capítulo.
Y no solo lo menciona de paso. Nos dice cosas como la siguiente, escucha: que el Espíritu Santo nos libera de la ley del pecado y de la muerte. Eso no es poca cosa. Que el Espíritu Santo, oye esto, cuando yo aprendí esto revolucionó la manera de ver al Espíritu, dice que el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos. ¿Entonces estás escuchando eso? El Espíritu Santo resucitó a Jesús. Me dice que el Espíritu Santo es aquel que nos da vida y paz. Vida y paz. Y dice también en varias ocasiones, de diversas formas, que solamente somos hijos de Dios si tenemos al Espíritu de Dios. Grandes verdades, poderosas verdades.
Pero en el versículo 15 se le llama al Espíritu Santo, como le conocemos, de una manera interesante, una manera única. Se le llama el Espíritu de ¿qué? Espíritu de adopción. ¡Qué término tan interesante! Espíritu de adopción. Y hoy alguien me recordaba entre los servicios que hoy es el día internacional de los huérfanos. Qué coincidencia tan grande que nos tocaba hablar de este tema en el día internacional de los huérfanos, dado que el Espíritu de adopción planificó que estuviéramos hablando hoy de nuestra asombrosa adopción.
Y es que el tema de la adopción no es secundario para Dios. Esto no es algo de tercera, cuarta categoría para Dios. Una y otra vez en el Antiguo Testamento Dios habla acerca del cuidado y amor particular que él tiene por los huérfanos y por las viudas. De hecho, en el Salmo 68, versículo 5, Dios dice que él es el padre de los huérfanos y el defensor de las viudas. Y en Santiago 1:27, yo sé que la religión es una palabra que no se usa mucho hoy, que está medio fuera de moda, yo sé que es religión, no es religión, pero la Biblia nos habla de religión y dice que la religión pura y sin mácula es guardarse del mundo, amén, y qué más: es cuidar a los huérfanos y a las viudas.
De hecho, amado, escúchame. La adopción está tan cercana al corazón de Dios que Dios no tiene un solo hijo que no haya sido adoptado. La adopción está tan cercana al corazón de Dios que Dios no tiene un solo hijo que no haya sido adoptado. Pero yo pensaba que, todavía tengo tu Biblia, Jesús es el Hijo unigénito de Dios. Amén, gloria a Dios, y fue adoptado por José. Lucas 2:48 habla de Jesús, el hijo de José. Adoptado por José. Y como tú, si eres buen teólogo, buen cristiano, sabes: tú has sido adoptado a la familia de Dios y escogido desde antes de la fundación del mundo en Cristo Jesús. Todos los hijos de Dios han pasado por el proceso de adopción de una manera u otra.
Tenemos que entender, amados, que la adopción es el propósito de la redención. Dios no eligió un pueblo para sí, pagó sus pecados en la cruz, le dio novedad de vida en el Espíritu para tener luego un grupo de amigos, de allegados, de compadres, de siervos siquiera. Dios envió a su Hijo perfecto a la cruz para adoptarnos como hijos en su familia. La adoración fruto de la adopción es el propósito de la redención.
Y esa es la verdad que está en el centro de Romanos 8. Así que vamos a ver qué tiene que decirnos este pasaje, los versículos 15 al 17. Para los que están anotando, lo he dividido, creo que el pasaje está dividido en tres increíbles verdades. Lo primero que nos muestra es que nuestra adopción ha sido garantizada. Nuestra adopción ha sido garantizada. En segundo lugar nos muestra que nuestra adopción es testificada. Y en tercer lugar nos muestra que nuestra adopción es probada. O sea que Romanos 8 nos muestra la garantía de nuestra adopción, nos muestra el testimonio de nuestra adopción y nos muestra la prueba de nuestra adopción.
Veamos primero entonces la garantía de la adopción. Dice el versículo 15: "Ustedes..." La Biblia hablándole a la iglesia en Roma, y hablándole a la IBI, y hablándole a quien esté por internet: "Ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos." Verán, la iglesia en Roma no era una mala iglesia. No es esta otra iglesia que está en la Biblia que está un poquito después.
Tú sabes que una iglesia quedaba con mucho problema, tú sabes cuál: empieza con "C", tiene dos cartas. No es esa. A Roma mandaron una; aquí todo bien. Era una iglesia buena, sana, fuerte, creciendo. Una iglesia que había recibido palabra ya. De hecho, una iglesia que luego pasa por allá Pedro, pasa por allá Pablo, pasan por allá grandes hombres de Dios. Plantada por discípulos de Pedro, probablemente pastoreada por el mismo Apolos por buena cantidad de tiempo. Marcos pastoreó allá en otro momento. Esta carta inicia Pablo hablando a la iglesia de Roma como iglesia amada por Dios. Al final de la carta, Pablo dice que él quiere usarla como base para él ir a España y luego hasta el fin de la tierra, como él consideraba que era.
Esa era una iglesia que iba camino a la madurez, que recibió una carta como esta, que es como una teología sistemática, que tiene todos estos conceptos profundos. Una iglesia que ya había creído el evangelio, que ya había creído en Cristo, ya había recibido el Espíritu Santo, ya había dado fruto, ya sabía que Dios lo llamaba, Dios lo perdonaba. Ya estaba a tener un testimonio en la ciudad, a tener una iglesia buena. Entonces, ¿por qué Pablo, a la mitad de la carta, a una iglesia buena, hace como una pausa para decirle algo tan básico, como decirle que ellos no habían recibido un espíritu que los llevaría al temor, sino un espíritu de adopción?
¿Por qué él trata esto como tan elemental, hablarle de su adopción como hijos, a la mitad de la carta, luego de hablar de no condenación? La clave está en ver con qué Pablo lo contrasta. Pablo no dice: "Ustedes no recibieron un espíritu de esclavitud para albergar el temor, sino que recibieron un espíritu de poder", ¿cierto? Pablo no dice: "Ustedes no recibieron espíritu de esclavitud para albergar el temor, sino que recibieron uno de valor", ¿cierto? No. Pablo dice: "Ustedes no recibieron espíritu de esclavitud para albergar el temor", sino que no es libertad. Pablo dice: "No recibieron espíritu de esclavitud para albergar el temor, sino uno de adopción".
Porque todo proceso de adopción humano está muy mezclado con el temor, muy mezclado con el temor. Hay mucho temor, y un temor que esclaviza: "¿Y si no me quieren? ¿Y si luego se dan cuenta que fue un error? ¿Y si hago algo que no les gusta, me van a abandonar? Tal vez cuando era pequeño estaba bien, pero si no cumplo con las expectativas que pensaban que yo iba a cumplir, ¿será que volveré a mi condición de orfandad?" Todo huérfano lucha con el temor al abandono, a volver a la soledad. Todo hijo de Dios está tentado a luchar con el temor al abandono y a la soledad. Tal vez no lo decimos, a menos que sea una consejería, pero lo sentimos: "¿Será que Dios se habrá cansado de mí? Él me aguantó hasta aquí, esta línea ya no. Ya Dios, eso no, no, ya no".
Y es que, humanamente hablando, nuestra adopción tiene cero sentido. Cero, cero, nada de sentido. O sea, primero, empezamos por la persona que adopta: Dios no necesitaba absolutamente nada. Él estaba perfectamente bien en la comunidad eterna de la Trinidad, en su comunidad perfecta. Él no tenía ninguna necesidad; él decidió compartir su amor. Y a la hora de tomar, de hacer su elección de a quién adoptar, él decidió personas de este tipo: personas que nacieron en pecado. ¿Tú estás escuchando eso? Que nacieron en pecado, dice Efesios. Que no solamente nacen en pecado, sino que andaban siguiendo la voluntad de quién. ¿Hemos entendido lo que dice? Del príncipe de la potestad del aire, un ente llamado Satanás. O sea, estas personas nacieron en pecado, y cuando crecen están haciendo la voluntad del diablo.
Romanos mismo, esta misma carta, nos dice en el capítulo 1 que la creación entera, todo el mundo, decidió hacer lo que le venga en gana: no honra a Dios, no da gracias, hacer lo que quieran. Dice el capítulo 2 que ni siquiera a la conciencia le hacemos caso. Dice el capítulo 3 que no hay justo, ni uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Y allí es lo que dice: "Sepulcro abierto es su garganta". O sea, cuando abren la boca, no hay mascarilla que cubra el hedor. Dice que su lengua es veneno de serpiente. Estos son los candidatos a adopción que Dios fue y buscó. Esto no tiene sentido humano.
Pero la Biblia no hace sentido humano; la Biblia es Palabra de Dios. Las buenas noticias del evangelio es que Dios decidió ir detrás de personas como esas. En Cristo Jesús, Dios decidió entregar a su Hijo nacido de mujer, el Hijo del Hombre, el Hijo que él prometió en Génesis 3, el que vendría y vencería a Satanás, y liberó a aquellos que estaban cautivos por el pecado. Y el capítulo 6 de Romanos nos dice que el Hijo del Hombre, por su sacrificio, nos hizo nuevos, nos hizo parte de la familia de Dios.
Y que ahora andamos en novedad de vida, que ahora sabemos que el Padre nos ama, sabemos que el Hijo nos perdona, sabemos que el Espíritu nos fortalece y nos transforma. Sabemos que ya no tenemos que andar en el temor del castigo, sino en la libertad del amor. Sabemos que ya no tenemos que andar en el pecado; podemos confesar nuestro pecado, apartarnos, y encontramos misericordia. Sabemos que ya no somos esclavos, somos hijos. Ya no somos esclavos, somos hijos.
Y eso es verdad porque la Biblia nos dice, y eso es verdad porque tú lo has visto en tu vida. Amén. Tú has visto tu vida y tú sabes que tú no eras todo eso. Tú sabes que tú has bendecido a otro con tus labios, que tú has visto nueva vida en ti. Tú has predicado la Biblia, tú has visto a otros convertirse de pecado y caminar en santidad. Tú has visto tu familia completa transformarse. Amén. Tú has estado, tú sabes que tú eres una familia, de novia de Cristo. Por eso ahora tus hijos están creciendo en el Señor. Tú tal vez viniste de un ambiente de drogas, de maldad, de pecado, y ahora tú estás viendo un ambiente de bondad, de amor, de reconciliación, de perdón. Todo eso es lo que el evangelio hace. Amén. Tú no eres un muerto, tú eres un vivo. Tú no eres un esclavo, tú eres un hijo. Amén. Dios nos ha salvado. Amén. Bendito sea Dios.
Pero todo eso es verdad, pero Romanos 7 está ahí. Y el apóstol Pablo decía que él sabe hacer lo bueno y no lo hace, que él trata de hacer lo bueno y no puede. ¿Eso solo le pasaba a Pablo? No es cierto. Todos nosotros en un sentido vivimos en esa lucha. Sabemos que no somos lo que éramos antes, pero a veces nos sentimos como muertos en vida. A veces tratamos de hacer lo bueno y nos vamos de boca. A veces abrimos nuestros labios y sale veneno. Por momentos nos sentimos más como esclavos que como hijos, y hasta llegamos a pensar: "¿Será cierto que Dios nos ha perdonado?"
Y es aquí donde viene Romanos 8 a transformar por completo nuestra visión de nosotros mismos, a transformar por completo lo que debemos entender que Dios piensa de nosotros. Porque Dios no está en el negocio de ganar adeptos, o de contratar siervos, o de buscar amigos. Dios quiere una familia. Y para él es tan importante que él envió a su Hijo, y su Hijo envió a su Espíritu. Nuestra adopción es tan importante para Dios que él la selló con su mismo Espíritu eterno, el Espíritu que es el... Por eso el capítulo que es el capítulo del Espíritu Santo es también el capítulo de la adopción.
Estos versículos de Romanos 8 no nos dicen que nosotros somos más o menos hijos de Dios, que somos hijos adoptados como que un hijo adoptado es un hijo de segunda o tercera categoría. Dicen literalmente que somos hijos de Dios. Y no una vez, no dos veces, no tres veces: seis veces en tres versículos. Pon atención, te lo voy a leer otra vez: "Ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos". ¿Cómo? Nos ha adoptado, dice. Un espíritu de adopción. El Espíritu es el que hace la adopción como hijos. "Por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!" El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo.
Por la adopción del Espíritu Santo, tú y yo somos... no, no, no, no. Por la adopción del Espíritu Santo, tú y yo somos verdaderos hijos de Dios. Verdaderos hijos de Dios. Por tanto, mi amado hermano, tu identidad y mi identidad no están en tus pecados pasados. Tu identidad no está en tus luchas presentes. Nuestra identidad no está en nuestros triunfos futuros. Nuestra identidad es la de hijos de Dios, y eso está absolutamente garantizado por el Espíritu eterno de Dios.
Aquellos que han nacido de nuevo, aquellos que han depositado su confianza en Jesús, aquellos que han creído en el sacrificio de Jesús y se han arrepentido de sus pecados, ellos no han recibido un espíritu de esclavitud; han recibido un espíritu de adopción como hijos. Y Dios no juega con sus hijos.
De hecho, mi amado, cuando Dios mira hacia abajo desde su santo trono en el cielo y Dios te mira a ti, ¿tú sabes lo que ve? Él ve a su hijo. ¡Wow! El Dios eterno, el Dios que todo lo ve, el Elión por encima de todo, mira hacia abajo y ve a Jairo, y él sonríe porque está viendo a su hijo. ¿Tú puedes creer eso? Que yo no. Yo lo creo y le pido a Dios que me ayude en mi incredulidad. Por eso me lo garantizó con el Espíritu Santo y me lo recordó en Romanos 8, y a los romanos también, y me lo recuerda una y otra vez. Porque esta verdad, solo entender esta verdad, nos toma la vida completa.
De hecho, el pastor Héctor, al terminar el primer servicio, me decía: "Jairo, gracias por impulsarme a sentirme, recordándome que mi Padre me ama". Se me olvida. Y no se queda ahí. ¿Qué piensa Dios de nosotros? Que somos sus hijos. ¿Qué podemos pensar de Dios? Bueno, dice el versículo: "Han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos..." Ok, esto que vamos a decir ahora, yo no lo pudiera decir si no es porque la Biblia lo dice.
En ningún otro momento de la historia cristiana a alguien se le había ocurrido decirle a Dios: "¡Abba Padre!" Esto es una absoluta locura, si no fuera porque es la verdad. Abba es una palabra aramea cuyo equivalente en español, más parecido, sería como decirle "papito". ¡A Dios! Papito, papito mío. ¿Qué? O sea, al Dios que estuvo en el monte Sinaí encendido en fuego, el Dios que abrió el mar Rojo, el Dios que los cielos de los cielos no pueden contener, el Dios que envió un ángel que en una noche se llevó más de cien mil hombres. El Dios de los ejércitos que tiene el universo como el estrado de sus pies.
Santo, santo, santo, santo, santo, y el muro temblando, todo temblando, y ahí está el Padre allá en el trono. Y ahí es lo que puedes decir: "Papito, ayúdame". Y Dios le dice: "La brasa ha tocado tus pecados, ven, hijo mío, ven". Bendito sea nuestro Padre, bendito sea nuestro Padre. Señor, bendito seas Tú. ¿Quién pudiera ser algo como eso si no Tú? Tú entiendes por qué el mandamiento más común de la Biblia es: "No temas". Es el mandamiento más común de toda la Escritura: no temas. ¿Por qué?
Yo digo esto, yo no me atrevo a decir "papito". Es que yo sé de qué Dios yo estoy hablando, es el Dios tres veces santo, y yo sé quién es el que está hablando. Él está ahí, ya sabe que yo soy pecador. "Padre, yo soy pecador". Dice que sí. ¿Cómo alguien como Hairo puede decirle a Dios "Padre"? Abba Padre, si no es por lo increíble de la cruz. Yo sé que si nos dejara a nuestra cuenta, su santidad nos destruiría, y eso está bien, porque nos destruiría por nuestros pecados, por nuestra maldad que nos gusta. Nos gusta la maldad, nos destruiría porque nos gusta hacer daño a otros y a nosotros. Pero la cruz nos ha transformado por un lado, y más importante, nos ha liberado, nos ha justificado. Y ahora por Cristo, Dios no espera que sus hijos le teman, Dios espera que sus hijos le clamen. Dios espera que sus hijos le clamen: "Abba Padre".
Por supuesto, hay un temor de Dios que es saludable, y no me malinterpreten, hay un temor de Dios que es saludable y necesario. Es como un buen hijo: juega con su padre, pero sabe que es su padre y no se pasa de la línea. Pero puede ir corriendo a sus brazos en cualquier momento, saltarle, jugar con él y clamarle a él en caso de temor, por la confianza que hay allí. Así nuestro Padre celestial espera que le tengamos reverencia y a la vez le clamemos y a la vez descansemos en sus brazos. Es nuestro Padre.
Y Patri me decía, mi amor, cuando yo le hablaba de este mensaje: "Mi amor, es que la mayoría de nosotros no pueden entender eso porque no hemos tenido padre así". ¿Y es verdad? La mayoría de nosotros no hemos tenido padre así. No, ninguno hemos tenido un padre así. Este es el Padre perfecto. Este es el Padre perfecto.
Además, cuando yo hablaba con el pastor Miguel acerca de este mensaje, le estaba comentando la idea central y todo eso, y Miguel, de su manera tan Miguel, me dice: "Hairo, es que solo Dios te aguantaría, nada más. Nadie más te aguantaría. Solo Dios te aguantaría". La verdad es que solo Dios me aguanta, solo Dios me adopta, solo Dios me adoptaría. Solo Dios adoptaría a alguien como Hairo: lo que peca, lo que falla en sus promesas, que lucha con las mismas cosas, que peca de pensamiento y de corazón y de motivación y de acción y de omisión, que no ama a Dios como debería a pesar de todo lo que Dios ha hecho por él, que no ama a sus hermanos como debería. Solo Dios adoptaría a Hairo, y solo Dios aguantaría a Hairo. Y probablemente hay muchos de ustedes también. Yo sé que Álvaro, no sé quién hacha mil por Álvaro, solo Dios.
Pero tú sabes qué, Álvaro y Hairo: Dios no lo hace a regañadientes. Dios no está en el cielo como diciendo: "¡Oh, ya me metí en el lío! Ya lo adopté, ya no tengo de otra. Ya es mi hijo, ¿qué voy a hacer? No me va a quedar de otra". Sofonías 3:17 dice que Dios se regocija en el pueblo que Él salvó. Dios se regocija en Hairo y en Álvaro y en cada uno de nosotros. ¿O qué, tú crees que Dios te amaba cuando tú eras su enemigo y ahora que tú eres su hijo está como "ahí, este hijo mío"? Dios te ama más y más y más y más hasta la eternidad. Desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura. Dios te ama hoy y para siempre con un amor que nadie te ha amado.
Y nuestros hijos, de hecho, dieron testimonios en el primer servicio. Nosotros tenemos una práctica en la familia que es que les decimos que somos sus padres para... y ellos completan: "siempre". Y les decimos: "¿Sabes? Son mis hijos para..." o "nuestros hijos para..." Y ellos dicen: "siempre". Como muchos saben, nuestros tres hijos son una bendición por milagro de la adopción. Y una vez ellos llegaron a nuestro hogar, somos una familia para siempre.
Romanos 8:15 es Dios el Espíritu Santo tomándote en sus brazos y diciéndote que tú eres su hijo para siempre. No tienes que temer. No vas a regresar a la esclavitud. Ahora puedes llamarle "Papito". Yo, el Dios del universo, el dueño de todo, soy tu Padre y tú eres mi hijo amado. Esa es la garantía total y absoluta de la adopción: el propósito detrás de la redención. No más esclavos del temor, sino hijos por amor. Dime si eso no merece que tú digas: ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! Bendita sea la gracia de Dios. Su Espíritu Santo derramado en nuestros corazones es la garantía. Garantía eterna, sellados o marcados como sacramento de nuestra adopción, una vez y para siempre. Bendita sea la gracia de nuestro Dios.
Y no solamente lo garantizó, sino que lo testifica también. Dice el versículo 16: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios". Una traducción más literal aquí sería: "El Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios". La imagen que Pablo nos está dando aquí es la imagen de un juzgado, de un tribunal, de un juicio, de una corte.
Aquí hay un problema. Decimos que somos hijos de Dios. Pablo lo acaba de decir en el versículo 15. Súper. Pero hay evidencia en contra nuestra. Hay bastante evidencia en contra de nuestra realidad como hijos. Hay siete capítulos de Romanos detrás de evidencia. Hay toda una vida de pecado pasado detrás de evidencia. Hay pensamientos en tu mente, actitudes en tu corazón, acciones en tus manos que dicen: "Hijo de Dios, mira lo que tú hiciste".
Pero en medio del juicio, tú das testimonios, dices: "No, yo soy hijo de Dios. Yo creí en sus promesas. Mi vida es diferente. Yo estoy tratando de caminar como Cristo. Yo soy hijo de Dios. Yo soy hijo de Dios". Pero no es suficiente. Entonces en medio del juicio aparece un testigo estrella. El Espíritu Santo llega y dice: "Es verdad, él es hijo de Dios". Él da testimonio junto a tu espíritu de que tú eres verdaderamente un adoptado por Dios, un hijo de Dios. Él fortalece tu testimonio, y de esa manera, así como el Hijo aboga delante de las acusaciones de Satanás, el Espíritu hace lo mismo delante de las acusaciones de tu propio corazón. El Espíritu Santo calma las inquietudes que tienes dentro acerca de tu realidad de adopción como hijo de Dios.
Y déjenme decirles que es un versículo difícil que yo tuve que leer, leer, leer para poder como digerir y poder traducirles al español, o al buen español. Pero esto es básicamente lo que sucede en ese momento o esos momentos a lo largo de nuestra vida donde somos llenados de la presencia de Dios. El Espíritu Santo nos llena y uno siente una profunda cercanía con Dios. Es el momento que tú sientes la presencia manifiesta de Dios en tu corazón, en tu vida. Puede ser leyendo la Escritura, orando en el carro o en la iglesia. Como que Dios se la está haciendo eso últimamente los domingos, los tiempos de adoración. Son esos momentos que tú no sabes si reír o llorar, pero tú quieres estar ahí cerca de tu Papá, cerca de tu Padre. Son esos momentos, son el Espíritu de Dios confirmando tu identidad como hijo de Dios. Es Dios mismo abrazándote y dejándote saber: tú eres mío para siempre.
Es por eso que necesitamos el Espíritu de Dios para poder confirmar nuestra identidad como hijo de Dios. No solamente para caminar como Dios lo agrada, sino para saber si somos de Dios. Solo los que tienen el Espíritu de Dios pueden clamar "Abba Padre" y escuchar la respuesta del Padre.
Y eso me trae, mis amados, a un punto absolutamente necesario en este sermón. La Palabra me manda por lo menos en tres ocasiones en el Nuevo Testamento a examinarnos a ver si estamos en la fe. Hay un lugar para el cristiano sentarse y ver: ¿yo soy verdaderamente cristiano? Toda persona que esté en este salón, en algún momento de su vida, tal vez hoy, debe evaluar su vida, evaluar su testimonio de vida, evaluar su corazón y hacerse la pregunta: ¿soy verdaderamente cristiano? Porque así como con el COVID hay falsos positivos, hay que revisar y estar seguros de que genuinamente somos creyentes. Nosotros debemos evaluarnos en algún momento de nuestra vida, varias veces en nuestra vida, y confirmar si somos cristianos.
A la vez, este pasaje también me recuerda que un verdadero cristiano debe saber que él es cristiano. O sea, el hijo de Dios sabe que él es hijo de Dios. No es que andes proclamándolo en Twitter y en Instagram, no es esa idea, pero es que en tu corazón tú tienes un testimonio interno de que tú sabes que tú eres hijo de Dios. Y entonces el Espíritu Santo confirma ese testimonio en tu corazón y te lo deja saber: sí, tú eres hijo de Dios.
¿A qué quiero llegar con esto? Que no hay lugar para el cristiano que se pasa la vida entera que no sabe si es cristiano o no. Que dura dos días que está seguro, la semana que viene no sabe, en dos semanas en el mundo, el mes que viene tal vez en la iglesia, en dos meses no se sabe. Eso no tiene lugar en la Palabra. Bueno, sí, en Apocalipsis se habla de los tibios que Cristo los vomita de su boca.
Esa persona que se pasa la vida entera sin saber si es creyente, con toda probabilidad no es creyente. ¿Y qué puede hacer entonces, Jairo? Lo que el pasaje dice. Tú corres a Dios, tú le pides perdón por tus pecados, tú le dices: "Dios, yo quiero estar cerca de ti, perdóname por mis faltas."
Pero tú sabes qué, yo no quiero hacer esto ni súper fácil para ti. Si tú estás dudando acerca de si realmente eres hijo de Dios, no te quedes ahí. Si tú eres de esta iglesia, no te quedes callado. Acércate al pastor que tengas más cercano, al líder de tu grupo pequeño, de grupo de jóvenes, lo que sea, habla con alguien. Y si fuiste invitado, habla con quien te invitó, pero no te quedes con la duda. ¿Ok? No te quedes con la duda.
Y eso nos trae el tercer y último punto, y es la prueba de nuestra adopción. Dice el versículo 17: "Si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con él, a fin de que también seamos glorificados con él."
Hay uno de los grandes privilegios que yo conocí en los últimos cuatro años, yo no lo conocía. Es el gozo de ver la barriga de otro llena. El gozo que siente un papá, y me dicen que los abuelos todavía más, cuando su hijo tiene la barriga, perdóname, la bimba, cuando tiene el barrigón así, que comió por un tubo y se le nota, que comió y que tiene los buches hinchados de tanta comida. Es como un privilegio específico de los padres ver a su hijo como lleno de comida. Es cierto, no lo hagan todos los días, por favor.
Pero de hecho hay otro privilegio que a la vez se siente como un juicio, pero un privilegio: que como tú tienes algo buenísimo y tú estás guardando el último pedacito de comida, y tu hijo se te queda mirando que lo quiere. Y solamente un verdadero padre, yo diría una verdadera madre, no sé si hay un padre que lo haga, estaría dispuesto a darle lo último que tiene, el último pedacito, y dárselo a su hijo. Dios hace exactamente eso, pero mil veces un millón.
Dice la Palabra de Dios que si somos hijos de él, nosotros somos coherederos con Cristo de la herencia del Dios vivo. La herencia del Dios vivo. Yo dije ahorita, lo voy a decir ahora, esto va a sonar como un poquito de evangelio de prosperidad, pero crean que no lo es, lo que la Biblia dice. El heredero era el hijo mayor, ¿ok? El hijo mayor en el tiempo romano, en este tiempo bíblico, es el que le tocaba por mucho la mayor parte de la herencia, un 75% de la herencia le tocaba al hijo mayor, ¿cierto? Esa jugada del potaje, la primogenitura, todo ese asunto, ¿ok?
¿Cuál es el hijo mayor en la familia de la fe? Es Cristo Jesús. Pregunta: ¿qué le toca a Cristo? ¿Tú has leído Romanos? ¿Tú has leído Mateo o Apocalipsis? ¿Qué le toca a Cristo? Empieza con T, termina con ODO, en mayúscula y en subrayado y en negrita y signo de admiración adelante y atrás. Absolutamente TODO le pertenece a Jesús porque de él, por él y para él son todas las cosas. No hay nada en la creación que no le pertenezca a nuestro Padre y a Jesús por herencia. Y adivina qué: a ti como su coheredero.
Qué bendita verdad, cuánta gracia tiene Dios para con nosotros. Él no solo nos perdona, que fuera suficiente. Si Dios nos perdona, él dice: "¿Qué te toca a ti ahora?" ¿Un segundo chance fuera suficiente? Eso no es lo que él hace. Él nos perdona. Para. Pero no solo hace eso, no. Él garantiza nuestra adopción. Él nos adopta en su familia y lo garantiza. Para. Y no solo eso, sino que él testifica a nuestro favor de tal manera que si tenemos una acusación interna, el Espíritu nos confirma: "Tú eres mi hijo." Para. Y entonces nos regala su herencia. Para. Porque en la eternidad no habrá absolutamente nada que nuestros corazones puedan desear. Corazones santos, purificados, glorificados, viendo a Jesús cara a cara, no habrá nada en toda la tierra, en todo el cielo nuevo, nada que nuestros corazones vayan a desear que no puedan tener. La tierra entera es de Dios y de sus hijos, los coherederos con Cristo. Iglesia, ¿tú puedes creer esto? Solamente Dios.
Y mientras esperamos, como es el dueño de todo, no habrá absolutamente nada que genuinamente necesitemos que nos vaya a faltar. ¿No es cierto que un Padre bueno como el que tenemos va a velar por nosotros? Él vela por nosotros, él vela por nuestro bienestar, él sabe lo que necesitamos y nos va a proveer. Si él cuida de las aves, cuidará también de mí.
¿No me dice también el mismo capítulo 8 que los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser manifestada? ¿O no me dice también el mismo capítulo 8 que para los que aman a Dios, algunas de las cosas que puede que pasen, o todas las cosas, cooperan para bien para los que son llamados conforme a su propósito? ¿O no me dice también el mismo capítulo 8 que si Dios está por nosotros, quién contra nosotros? ¿O no me dice también el mismo capítulo 8 que ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús nuestro Señor?
Amada iglesia, todo es nuestro y todo obra para bien, para su gloria. Amplía tu mente y piensa: ¿qué puede suceder en mi vida que no haya sido ordenado por mi Padre amoroso? ¿Qué puede suceder en mi vida que no haya pasado primero por las manos que se perforaron en el madero? ¿Qué puedo yo necesitar si aquel que no escatimó a su Hijo, sino que lo entregó por mí, no me dará junto con él todas las cosas? Yo soy su coheredero y más que vencedor por medio de aquel que me amó. Verdadero hijo por la adopción del Espíritu.
Y sigue ampliando tu mente, iglesia. ¿Por qué no se le dice a la más? Porque el versículo termina diciendo: "Si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo." ¿Y qué dice? "Si en verdad padecemos con él, a fin de que también seamos glorificados con él."
¿Tú sabes qué más nos regala nuestro Padre? ¿Qué bendición nos da nuestro Padre? Participar en los sufrimientos de Cristo. ¿Qué privilegio? ¿Qué es lo que me da a mí? Porque así como el mundo aborreció a Jesús, así el mundo va a aborrecer a los hermanos de Jesús. Todo esto lo puedo decir porque la Biblia lo dice, y sueno como un verdadero predicador de la prosperidad aquí, de la prosperidad bíblica.
Todo verdadero cristiano va a sufrir en este mundo. Cristo lo dijo. El Señor Jesús garantizó que en esta tierra sufriríamos. Y dijo que si dejábamos por él casa, hermanos, ganancias, madre, padre, tierra, él dijo que me iba a dar diez veces más en esta tierra. Con persecución. Así me lo prometió mi Señor y mi Redentor, y yo se lo creo. La prueba de mi adopción es su herencia, y su herencia implica sufrimiento, y yo se lo creo.
¿Qué es lo que tanto buscamos en esta tierra? Total, si eso se va. Si esto se quema con fuego. Tanto que queremos aquí, todo eso se va. Además, aunque el pasaje no está lidiando con eso, por eso es verdad: a veces necesitamos que nos pase un chispito de fuego. De vez en cuando necesito un foguito. Todo buen padre provee sustento, ¿y qué más provee? Disciplina. Con el mismo amor, con las mismas manos que se alimenta, con esas mismas manos se corrige.
Mira cómo lo dice Primera de Juan 3:1: "Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él."
Somos hijos de Dios, amén. Y eso implica que el mundo nos va a tratar como trató al Hijo de Dios. Con mucho respeto y deferencias hasta que nos crucifiquen. Y nos van a hacer muchas preguntas. Y les va a encantar nuestra sabiduría hasta que se pongan en desacuerdo con su voluntad. Pero eso está bien porque tenemos la garantía y el testimonio de que estamos en sus manos.
Así que no nos sorprendamos cuando el mundo nos odie. No nos sorprendamos cuando lleguen las pruebas. Y si es necesario, no nos sorprendamos cuando nuestro Padre nos discipline. Y tampoco nos atemoricemos. Más bien, clamemos. Clamemos a nuestro Papá y corramos a él por ayuda y por sustento.
Amados, ¡qué regalo tan grande nos ha dado nuestro Padre, que seamos llamados hijos de Dios! Lo ha garantizado con el Espíritu. Este mismo Espíritu testifica y lo ha probado con la herencia que nos espera y aún con los sufrimientos que acompañan la herencia. Nos encanta ser hijos de Dios, amén. ¿A ti no te encanta ser hijo de Dios? Eso es lo más importante que yo tengo. Lo mejor que yo soy. Se pueden decir mil cosas de mí, pero tienen que agregarle: "pero es hijo de Dios." Y mil cosas buenas también, y tendrán que decirle: "hijo de Dios."
¿De qué se trata? ¿De qué se trata la vida de Jairo? De que es hijo de Dios. Y la de Derek. Y la de Pati. Y la de Jimmy. Si eres cristiano, de eso se trata tu vida: de que tú eres hijo de Dios. Y tú haces lo que tu Padre te diga que hagas, y tú esperas donde tu Padre te diga que esperes.
Nos encanta ser hijos de Dios, pero no puedo dejar de recordarles que somos hijos por adopción, y esa parte no siempre nos encanta. Nos olvidamos de esto. Acerca te lo decíamos: eso implica que antes estábamos destituidos, desamparados, huérfanos, en total necesidad, desahuciados, extranjeros, advenedizos, enemigos. Que si no fuera por la gracia de Dios, estaríamos solos, desvalidos. Que no hay abolengo, no hay familia, no hay estatus social, no hay condición económica, no hay belleza, no hay nada en nosotros que hubiera atraído a Dios si no es por su bendita voluntad llena de gracia. Si no es por causa del gran amor con que nos amó. Si no es por su gracia y misericordia.
Y en completo contraste con los huérfanos y desvalidos allá fuera, que están sufriendo por el pecado de otros, nosotros sufríamos por nuestro propio pecado. Ciertamente nacimos en pecado, pero también nos gustaba pecar. Olvidamos, no hacemos nada con el hecho de que nuestro Padre se llama Padre de huérfanos, de que la religión pura es el cuidado de huérfanos, de que Dios no tiene un niño que no haya sido adoptado. Y lo escuchamos y no hacemos nada.
Y lo voy a decir: somos súper provida en cuanto al aborto y no hacemos nada luego que nazcan. Que Dios nos ayude. Porque nosotros somos hoy la familia de Dios.
Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Porque el amor de Dios para con nosotros no iba a ser detenido, no lo fue. Él no había parado, Él no pararía, Él no ha parado y no parará. Él quería una familia, Él quería que nosotros fuéramos parte de su familia. Él quiere que otros, que aún no han nacido, están por nacer, nacieron y no han llegado aquí todavía, sean también parte de su familia. Él los quiere cerca, Él nos trajo hacia Él.
Su amor se derramó en nuestros corazones, ahora somos hijos de Dios, eso es lo que somos. Y benditos, adoramos a nuestro Padre y vamos y le juntamos eso a otros también. Amén.
Porque entonces, cuando te preguntan: ¿qué piensa Dios acerca de ti? Tú sabes lo que tú le puedes decir. Tú lo puedes decir: Dios piensa que yo soy su hijo amado y en Jesús Él se complace en mí. Y cuando me pregunten: ¿y qué piensas tú acerca de Dios? Tú lo puedes decir: que Él es mi Padre amado y en Jesús yo me complazco en Él. Dios es lo que tú eres.
Tú eres nuestro Padre, nuestro buen Padre, y te amamos, Señor. Te damos gracias. Gracias por amarnos. Gracias, Dios, por amar lo que nadie amaría, por tomar lo que nadie tomaría, por entregarte cuando éramos tus enemigos. A su tiempo, Tú moriste por los impíos. Eso éramos nosotros.
Te damos gracias, Señor, porque eso no es lo que somos hoy. Sí pecamos, pero ya no somos pecadores solamente, somos pecadores perdonados. Ya no somos extranjeros, ya tenemos una familia. Somos parte del pueblo de Dios, Señor, somos hijos tuyos. Te bendecimos y te adoramos y te creemos y te rogamos, Dios, que nos ayudes a portarnos como lo que somos: tus hijos. Que nos ayudes a creer todo lo que Tú dices y nos ayudes en nuestra incredulidad para nunca ir donde nadie más. Tú eres nuestro Dios y somos tu pueblo. Amén.
Jairo Namnún sirve como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio, encargado de idear y supervisar el contenido del ministerio. Posee una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Patricia Namnún y juntos tienen dos hijos: Ezequiel e Isaac.