¿Es egocéntrico de parte de Dios exigir que todo se haga para su gloria? Esta pregunta, que a primera vista puede parecer incómoda, tiene una respuesta que transforma la manera en que entendemos tanto a Dios como nuestra propia existencia. Si Dios no hiciera las cosas para su propia gloria, tendría que hacerlas para la gloria del hombre. Y el problema es que aquello que el hombre llama su gloria está marcado por propósitos pecaminosos, dañinos y destructivos para él mismo. Una vida vivida para la gloria del hombre puede ofrecer placeres momentáneos, pero siempre termina cosechando consecuencias amargas.
La gloria de Dios no es un capricho divino ni una expresión de vanidad. Es simplemente lo que Dios es: su esencia, su carácter, sus atributos. Cuando un creyente vive para la gloria de Dios, está poniendo de manifiesto cómo Dios verdaderamente es, y eso mismo se convierte en testimonio vivo, incluso con alcance evangelístico, para quienes aún no lo conocen.
Hay algo más que cambia todo: cuando Dios actúa para su propia gloria, el que recibe el beneficio no es Dios —quien es perfecto y no puede ser mejorado— sino el hombre. Las bendiciones no van hacia Dios, sino desde Dios hacia nosotros. Como señala el pastor Núñez citando al pastor Piper, mientras más glorificamos a Dios, más satisfechos estamos en Él; y mientras más satisfechos estamos en Él, más lo glorificamos.
Finalmente, Dios no es egocéntrico porque todo lo que afirma de sí mismo es verdad. Si el pastor Núñez dijera ser el pastor más inteligente del mundo, eso sería egocentrismo porque sería mentira. Pero cuando Dios declara ser el ser más glorioso y maravilloso que existe, está diciendo la verdad. Reclamar lo contrario sería exigirle que mienta, algo imposible en un Dios santo.