Miguel Núñez • 25 mayo, 2020
La soledad es una crisis global que se ha profundizado con el aislamiento forzado por cuarentenas y restricciones sociales. Tan grave es el problema, que naciones como Francia y China han tenido que legislar para obligar a los hijos a visitar a sus padres mayores, ante una realidad de personas que terminan en suicidio o en condiciones de salud y alimentación sumamente deterioradas. Pero la ley del Estado puede proveer ayuda económica; lo que no puede proveer es compañía.
Frente a ese escenario, hay una distinción crucial: quienes viven solos sin pertenecer a ninguna comunidad enfrentan una soledad mucho más difícil de remediar, porque si ya estaban aislados antes de la crisis, la crisis solo profundiza ese vacío. Sin embargo, quienes forman parte de una comunidad cristiana tienen a su alcance algo que ningún gobierno puede ofrecer: el cuidado mutuo que caracterizó a los primeros creyentes, quienes bajo persecución compartían todo y se reunían con frecuencia.
El llamado concreto es a involucrarse activamente en la vida del otro. No basta con un saludo cordial o una promesa de oración. El pastor Núñez insiste en que es necesario preguntar, indagar en la necesidad real del hermano —si tiene alimento, medicamentos, si necesita ayuda económica— porque quien está en necesidad raramente la anuncia. Una ilustración lo resume bien: alguien le contó al pastor que oraba pidiendo que Dios le trajera a la mente el nombre de alguien a quien pudiera ayudar. Esa es la actitud: disponibilidad, sacrificio de tiempo y recursos, y la convicción de que amar al prójimo como a uno mismo comienza por la familia de la iglesia.