Miguel Núñez • 22 mayo, 2020
¿Por qué millones de personas entran en pánico ante las muertes causadas por el COVID-19 y, al mismo tiempo, permanecen completamente indiferentes ante los miles de niños que mueren de hambre cada día o ante los millones que pierden la vida por contaminación ambiental o accidentes de tránsito? Esa tensión es el punto de partida de esta reflexión del pastor Miguel Núñez, y la respuesta no es sencilla.
Una primera razón es la ignorancia. La mayoría de las personas simplemente desconoce que entre 15 y 16 mil niños mueren de hambre cada 24 horas, que cerca de 19 mil personas fallecen diariamente por contaminación ambiental, o que 1.4 millones mueren al año en accidentes de tránsito. Son realidades que ya forman parte del paisaje cotidiano sin que nadie las haya procesado como crisis. El pastor Núñez sugiere que, con el tiempo, el COVID podría correr la misma suerte: convertirse en algo que simplemente se acepta como parte de la vida.
Pero hay una razón más profunda: el individualismo. Mientras esas muertes ocurren lejos, entre personas que viven con menos de un dólar al día, no representan una amenaza personal. Cuando el peligro toca el mundo propio, la familia, la economía, la salud inmediata, la reacción cambia por completo. Esa es la lógica del yo primero que moldea la sensibilidad colectiva.
La invitación es a cultivar una perspectiva verdaderamente mundial, una que se duela por el sufrimiento humano sin importar si nos afecta directamente. Esa mirada más amplia incomoda, pero es la que corresponde a quienes se reconocen ciudadanos de un mundo compartido.