Miguel Núñez • 27 mayo, 2020
La pandemia del COVID-19 nos sorprendió a nosotros, pero no a Dios. Esa es la verdad que ancla todo lo demás: nuestro Dios es soberano, omnisciente y providente, y conocía cada pandemia desde antes de que comenzara la eternidad. Él sabe cuándo inician, cuándo terminan, y qué propósitos persigue con cada una de ellas. Nada ocurre fuera de su voluntad, ni la muerte ni la sobrevivencia, ni la abundancia ni la carencia. Como recuerda el pastor Núñez, hasta el hambre que Dios permitió en el desierto fue un acto de su obrar, diseñado para enseñar a su pueblo que no solo de pan vive el hombre.
En medio de la crisis, la iglesia tiene roles claros que no puede abandonar: proclamar el evangelio, porque la muerte espiritual es la peor de todas las muertes; actuar con compasión hacia los que sufren; e inyectar esperanza en una sociedad sacudida por el pánico. Y también hay una tarea hacia adentro: reconocer que la llamada "normalidad" anterior era en sí misma el problema. Muchos creyentes habían caído en apatía espiritual, en alejamiento de la Palabra y en estilos de vida que no habían querido examinar. La pandemia los forzó a detenerse, reflexionar y arrepentirse.
Quizás el fruto más profundo de este tiempo sea que creyentes que hablaban de la soberanía de Dios, pero no descansaban en ella, hayan sido llevados a confiar de verdad. El pastor Núñez cierra con una imagen sencilla pero poderosa: el mundo entero, con todas sus pandemias, ha estado siempre en las manos de Dios. En ese mundo vivimos, y de ese mundo partiremos hacia la eternidad a la que Él nos ha llamado.