Miguel Núñez • 20 marzo, 2018
Ser salvo por fe y no por obras no contradice lo que Santiago enseña sobre la fe sin obras. La tensión entre estas dos verdades ha confundido a muchos creyentes, e incluso llevó a Martín Lutero a dudar del lugar de la carta de Santiago en el canon bíblico. Pero una vez que se entiende el contexto y la distinción que la Escritura misma hace, la aparente contradicción se disuelve.
La clave está en comprender qué ocurre en el momento de la salvación. Cuando una persona pone su fe en Cristo, es regenerada: recibe una nueva naturaleza mediante la morada del Espíritu Santo. Esa nueva naturaleza transforma la manera de ver, sentir y pensar, y de ella brotan obras buenas de forma natural, no como esfuerzo para ganarse la salvación, sino como fruto de ella. El pastor Miguel Núñez lo ilustra con algo que vio de niño: su padre injertó una mata de rosa que no producía flores con una que sí lo hacía, y meses después aquella mata estéril comenzó a producir rosas más hermosas que la original. La mata no hizo ningún esfuerzo; simplemente su naturaleza había cambiado. Así es el cristiano: injertado con el Espíritu Santo, produce fruto porque su naturaleza es nueva. Un creyente sin frutos es señal de que esa transformación no ha ocurrido.
Santiago, además, escribía a una iglesia concreta en Jerusalén donde había personas que decían tener fe pero no demostraban ningún cambio ni interés por el prójimo. Su punto era práctico y pastoral: la fe verdadera se muestra ante los demás por medio de las obras. Esa es la justificación ante los hombres. Ante Dios, en cambio, la justificación es únicamente por gracia mediante la fe, como Pablo lo expresa en Efesios 2:8–9. Ambas verdades no se oponen; se complementan.