Miguel Núñez • 2 marzo, 2017
La idea de que el Dios del Antiguo Testamento es severo y justiciero, mientras que el Dios del Nuevo Testamento es amoroso y lleno de gracia, es una de las confusiones más extendidas entre creyentes y no creyentes. Sin embargo, esa distinción no tiene fundamento real: es el mismo Dios en ambos testamentos, con el mismo carácter, expresando tanto su justicia como su misericordia a lo largo de toda la historia de la redención.
Desde las primeras páginas de la Biblia, la gracia ya estaba presente. Cuando Adán y Eva pecaron, Dios les había advertido que morirían el mismo día de su transgresión. Sin embargo, los dejó con vida, y fue más lejos aún: Él mismo los cubrió con pieles de animales. En esa imagen hay una promesa anticipada de lo que Cristo haría siglos después —morir para cubrirnos con su rectitud y santidad. Incluso la reducción de la pena de muerte a solo unos treinta pecados bajo la ley mosaica representa, en comparación con el estándar original, una muestra enorme de gracia.
De igual manera, el Nuevo Testamento no está despojado de ley ni de juicio. Jesús volcó las mesas en el templo. El libro de Hebreos recuerda que nuestro Dios es fuego consumidor. La diferencia entre los dos testamentos no es de carácter divino, sino de administración: uno fue mediado a través de la ley de Moisés, el otro a través del nuevo pacto en la sangre de Cristo.
Lo que cambia entre un testamento y otro no es quién es Dios, sino cómo trata con el ser humano en cada etapa de su plan redentor. El pastor Núñez lo resume con claridad: ley es todo aquello que limita al hombre; gracia es todo aquello que lo bendice como regalo de Dios. Ambas realidades están presentes en toda la Escritura.