Miguel Núñez • 9 abril, 2018
Las vanas repeticiones en la oración no son simplemente un problema de cantidad de palabras, sino de actitud del corazón y coherencia de vida. Cuando Jesús advirtió contra este tipo de oración, hablaba directamente a una cultura religiosa donde impresionar a los demás era más importante que hablar con Dios. Los fariseos repetían las mismas palabras con una oratoria elaborada, como si la elocuencia o la insistencia fueran capaces de mover la mano de Dios. Pero el poder de la oración nunca ha residido en cuántas veces se dice algo, sino en cuán genuino y sincero es el corazón que lo dice.
Esta tendencia a repetir mecánicamente no era exclusiva del judaísmo farisaico. Era la marca característica de la religiosidad pagana. Lo ilustra claramente el episodio del Monte Carmelo: los profetas de Baal invocaron a sus dioses durante horas, repitiendo sus súplicas hasta llegar a la frenética desesperación, hiriéndose a sí mismos como si el dolor pudiera convencer a sus dioses. En contraste, Elías oró una sola vez con sencillez, y Dios respondió con fuego consumiendo el altar, las ofrendas y hasta el agua.
A esto se suma una dimensión más profunda: la oración se vuelve vacía no solo por la repetición mecánica, sino cuando lo que se pide no guarda ninguna congruencia con la vida que se lleva. Una oración así es doblemente vana: sin sinceridad y sin coherencia.
El Padre Nuestro que Jesús enseñó a sus discípulos resume perfectamente esta lección. Una oración breve, ordenada y honesta: primero honra a Dios, luego pide su voluntad, y después presenta las necesidades cotidianas. Eso fue suficiente en la enseñanza de Jesús, y sigue siendo suficiente hoy.