Miguel Núñez • 27 abril, 2020
¿Puede un creyente desobedecer las restricciones del gobierno durante una pandemia si su propósito es evangelizar o ayudar a los necesitados? La respuesta no es tan sencilla como podría parecer, y requiere mirar con cuidado varios principios bíblicos que, lejos de contradecirse, se complementan para guiar la conciencia cristiana.
El punto de partida es Romanos 13: las autoridades que gobiernan han sido puestas por Dios, y el creyente está llamado a someterse a sus instrucciones. Sin embargo, alguien podría objetar citando el ejemplo de Pedro en Hechos 4, cuando los apóstoles declararon que debían obedecer a Dios antes que a los hombres. El pastor Núñez distingue con claridad los dos casos: en aquella situación se perseguía a la iglesia por ser iglesia, prohibiéndole específicamente predicar el nombre de Cristo. Las restricciones pandémicas son distintas, pues aplican por igual a creyentes y no creyentes, y no apuntan a silenciar el evangelio, sino a proteger la salud de toda la sociedad.
Y precisamente allí entra el argumento más profundo: amar al prójimo como a uno mismo —el segundo gran mandamiento— significa también protegerlo de un posible contagio. Respetar las restricciones no es abandonar la misión; es una forma concreta de amar. Quienes por razón de su oficio —médicos, enfermeras, personal esencial— sí pueden circular tienen entonces una oportunidad preciosa de ser embajadores de Cristo donde otros no pueden llegar.
La conclusión es un llamado a la paciencia y al testimonio: cuando la pandemia pase, la iglesia podrá honrar juntos el gran mandamiento, el mandato de Romanos 13 y su vocación evangelizadora, dando al mundo un ejemplo de virtud, orden y civismo que también predica.