Miguel Núñez • 18 mayo, 2020
Un creyente puede tener miedo a la muerte, y esa es una realidad frecuente. Pero la pregunta más importante no es si puede tenerlo, sino si debe tenerlo. La respuesta es no, y entender por qué requiere ir más allá de la superficie.
El pastor Miguel Núñez, hablando desde su experiencia como médico, comparte que en muchas ocasiones le ha tocado acompañar a pacientes en sus últimas horas. Cuando les pregunta qué les atemoriza, las respuestas son siempre las mismas: el miedo al dolor y el miedo a lo desconocido. El dolor, como él mismo les explica, puede controlarse. Pero lo desconocido es otro asunto, y es ahí donde la fe tiene mucho que decir.
Jesús, la última noche antes de su muerte, le dijo a sus discípulos que no necesitaban saber exactamente a dónde iba, porque Él mismo es el camino. El creyente no entra en un territorio sin mapa: entra en la presencia de alguien a quien ya conoce, que se fue adelante a preparar un lugar, y que estará esperando al otro lado. Pablo lo vivió con tal convicción que llegó a decir que para él morir era ganancia, algo mucho mejor que permanecer en este mundo de dolor y pérdida.
Lo que le da seguridad al creyente ante la muerte no es lo familiar de este mundo, sino Cristo. Y mientras más se le conoce, mientras más se digiere la Biblia, más real se vuelve ese mundo invisible, hasta superar en peso y certeza al mundo que se ve.