Miguel Núñez • 28 marzo, 2018
Los líderes religiosos que planificaron la muerte de Jesús no lo hicieron a pesar de su religiosidad, sino precisamente a causa de ella — o más bien, a causa de lo que se escondía detrás de ella. Eran más líderes políticos vestidos de religión que verdaderos pastores del pueblo. Conocían las Escrituras, enseñaban los textos que hablaban del Mesías, pero nunca vieron a Cristo en esos textos ni lo reconocieron cuando estuvo delante de ellos. No tenían el endoso de Dios, y esa distancia entre su forma exterior y su realidad interior los convirtió en enemigos de aquel que vino a desenmascarar exactamente ese tipo de hipocresía.
Cristo representaba una amenaza directa para ellos, no espiritual sino política. Él no estaba validando sus sistemas religiosos — los estaba denunciando públicamente. Y quienes tienen un corazón dictatorial, señala el pastor Núñez, siempre responden de la misma manera: eliminando al que se interpone en su camino, ya sea cancelándolo o quitándole la vida. Así fue entonces, y así sigue ocurriendo hoy.
Un ejemplo revelador es el de los saduceos, quienes controlaban el templo pero no creían ni en la resurrección ni en los ángeles, y sostenían una relación de conveniencia mutua con Roma: ellos mantenían al pueblo bajo control, y Roma los mantenía en posición y con recursos. Religión al servicio del poder, no de Dios.
Lo que pasó hace dos mil años no ha dejado de repetirse. Los actores cambian, pero el patrón permanece. Y quien use el nombre de Cristo para fines que él no aprueba puede estar seguro de una cosa: ese juicio llegará, en esta vida o en la siguiente.