Miguel Núñez • 14 mayo, 2020
La pandemia no llegó como castigo por un pecado específico de la iglesia contemporánea, pero sí ha funcionado como un espejo que revela con claridad todo lo que la iglesia ha permitido que se normalice sin que debiera serlo. El problema no es un solo fallo aislado, sino una acumulación de males que se han extendido como epidemia dentro del cuerpo de Cristo: mala doctrina, predicación que entretiene en lugar de exponer la Palabra, falta de integridad en el liderazgo —visible en el manejo deshonesto de finanzas, en fallos morales y hasta en pastores que predican sermones ajenos sin reconocer su autoría—, y una vida eclesial cada vez más centrada en el individuo y sus preferencias.
Ese individualismo ha deformado incluso la manera en que muchos se relacionan con la iglesia local. El pastor Núñez describe algo que, aunque no es común, ilustra bien la tendencia: familias que llevan a sus hijos a la Escuela Dominical de una congregación y luego asisten al culto de otra, como quien construye su menú en un restaurante eligiendo solo lo que le agrada. Esa mentalidad de consumidor ha reemplazado el sentido genuino de comunidad que la iglesia está llamada a encarnar.
La pandemia también ha expuesto una falta profunda de reflexión. Mientras el mundo se paralizaba por el COVID, miles de niños seguían muriendo de hambre cada día —quince o dieciséis mil diariamente— sin generar en la iglesia ni una fracción de la misma angustia. Eso revela cuánto se ha reducido la mirada del creyente a su propio mundo inmediato. Volver a la normalidad anterior sería desperdiciar la lección más importante que esta crisis puede dejar: que el egoísmo, el pragmatismo y una iglesia centrada en el hombre nunca debieron considerarse normales.