Miguel Núñez • 16 febrero, 2017
Saber si uno es salvo no es una pregunta con una respuesta simple, pero la Palabra de Dios ofrece señales concretas y reconocibles que el creyente puede identificar en su propia vida. La primera y más fundamental de ellas es la obra interna del Espíritu Santo, quien, según Romanos 8:16, da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. No se trata de una emoción fabricada, sino de una confirmación que el mismo Espíritu produce desde adentro.
A esa obra interna se suman evidencias externas que van apareciendo con el tiempo. Una de ellas es el deseo genuino por la Palabra de Dios, algo que no existe en quien aún no ha nacido de nuevo. El pastor Núñez lo ilustra con la imagen de un recién nacido: así como un bebé llega al mundo con hambre, quien nace de nuevo experimenta hambre espiritual. Y así como ese bebé crece, el creyente también va creciendo en entendimiento, en santidad y en discernimiento, al punto que quienes lo rodean comienzan a notar el cambio. Por sus frutos se conoce el árbol.
Hay también una señal que opera cuando el creyente cae en pecado: su disposición a recibir corrección. El proceso descrito en Mateo 18 sirve como termómetro espiritual, pues quien endurece el corazón ante toda confrontación da indicios serios de que el Espíritu no mora en él.
Pero quizás la señal más clara y constante de salvación no es un momento pasado de decisión, sino una vida presente de arrepentimiento continuo. Quien sigue siendo convicto de pecado, quien sigue confesando y volviendo a Dios, lleva en eso mismo la marca del Espíritu que lo habita y lo transforma.