Miguel Núñez • 11 enero, 2017
La pregunta sobre el destino de quienes nunca han escuchado el evangelio parece urgente y conmovedora, pero parte de una premisa equivocada: la de que existe alguna persona inocente en el mundo. La Biblia enseña desde Génesis 3 que toda la humanidad nació bajo maldición y con una naturaleza pecadora que ya la condena. Cristo no vino a condenar al hombre porque el hombre ya estaba condenado; vino a salvarlo. Esa distinción cambia completamente cómo debemos entender la pregunta.
Lo que condena al hombre que nunca ha oído de Cristo no es la ausencia del evangelio, sino su rechazo a la revelación que Dios ya le dio. Romanos 1, a partir del versículo 19, deja claro que Dios se ha revelado a toda persona a través de la naturaleza y de la conciencia, y que por eso nadie tiene excusa. El problema no es que ese hombre no haya tenido acceso a Cristo; el problema es que, habiendo conocido a Dios, no lo reconoció como Dios ni le dio gracias. En cambio, fabricó ídolos, cambió la gloria del Creador por la imagen de una criatura, y sustituyó la verdad de Dios por una mentira.
Dicho esto, si alguien ha de salvarse, la única ruta posible es a través de Jesucristo. Él vino a cumplir la ley que nadie pudo cumplir, murió por los pecados del hombre y resucitó al tercer día, sellando todas las promesas y demostrando su victoria sobre el pecado y la muerte. No hay inocentes delante de Dios, y no hay salvación fuera de Cristo.