La humanidad necesita un Salvador porque su problema no es de ignorancia, ni de pobreza, ni de enfermedad: es de pecado y de muerte espiritual. Cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios, transgredieron su ley y adquirieron una deuda moral que ellos mismos no podían saldar. Dios había advertido que la consecuencia del pecado sería la muerte, y aunque Adán no murió físicamente ese mismo día —vivió más de novecientos años—, sí murió espiritualmente de manera inmediata. Alguien tenía que venir a cumplir esa pena en su lugar, y ese alguien no podía ser cualquier hombre.
Solo el Hijo de Dios reunía las condiciones necesarias: nacer sin pecado, vivir sin pecado cumpliendo perfectamente toda la ley de Dios, y entonces morir en sustitución del hombre culpable. Su muerte derramó sangre para el perdón de los pecados, y su resurrección al tercer día fue la garantía de que todas sus promesas serían cumplidas. Cristo no solo perdonó; también abrió un camino directo hacia Dios que antes estaba cerrado. En el Antiguo Testamento, el pueblo no podía acercarse libremente a la presencia de Dios, que habitaba en el lugar santísimo detrás de una cortina. Solo el sumo sacerdote podía entrar, y únicamente una vez al año. Cuando Cristo murió, ese velo se rasgó en dos, y el acceso quedó abierto para todos.
Las demás religiones proponen que el ser humano puede llegar a Dios por medio de sus buenas obras. Pero esas obras están teñidas de pecado y no alcanzan la justicia perfecta que Dios exige. Solo Cristo construye el puente. Por eso vino como Salvador, y no de otra manera.