Miguel Núñez • 26 marzo, 2018
¿Por qué la multitud que aclamó a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén no hizo nada para impedir su juicio y crucifixión? La pregunta parece revelar una contradicción perturbadora, pero la respuesta exige mirar con más honestidad el corazón humano y las circunstancias que lo rodean.
Lo primero que hay que entender es que gran parte de esa multitud nunca fue realmente creyente. El Evangelio de Juan lo deja ver con claridad: después de que Jesús habló sobre comer su cuerpo y beber su sangre, muchos de sus seguidores lo abandonaron porque el mensaje les resultó demasiado duro. Y cuando multiplicó los panes, la gente volvió al día siguiente no por fe, sino porque sus estómagos habían quedado llenos. La multitud seguía a Jesús por curiosidad o por beneficio, no por convencimiento genuino.
Pero incluso quienes sí creían tenían razones poderosas para el silencio: el terror al Imperio Romano, que crucificaba sin contemplaciones, y el miedo a las autoridades judías, que podían excomulgar a cualquiera y dejarlo fuera de la comunidad. Ni siquiera los discípulos más cercanos escaparon a ese miedo: huyeron y se escondieron. Nicodemo, miembro del Sanedrín, fue a ver a Jesús de noche, precisamente por temor.
Lo que hace este episodio tan cercano y tan incómodo es que el miedo no ha desaparecido. Hoy hay creyentes que viven en libertad y aun así nunca han abierto la boca para hablar de Cristo, por temor al rechazo, a perder el trabajo o a la crítica de sus jefes. Si eso basta para silenciar a alguien, no resulta difícil entender el silencio de quienes enfrentaban un imperio entero.