Miguel Núñez • 15 mayo, 2020
Tomar decisiones médicas que implican elegir entre salvar una vida u otra es uno de los dilemas éticos más angustiantes que existen, y no admite respuestas sencillas ni dogmáticas. El punto de partida es claro: toda vida tiene valor. Por eso, reducir la decisión simplemente a la edad —joven versus anciano— equivale a afirmar que una vida vale más que otra, lo cual no es una base aceptable.
Sin embargo, hay situaciones en las que el dilema es real e inevitable. El pastor Núñez lo ilustra con el caso de los gemelos siameses, en el que la separación quirúrgica casi siempre implica sacrificar a uno de ellos porque los órganos vitales no pueden compartirse. Frente a ese escenario, el pastor recuerda el consejo que R.C. Sproul dio a un pastor que enfrentaba exactamente esa situación: si los padres dan su consentimiento, que sea el pastor quien tome la decisión por ellos, de modo que esa carga no recaiga sobre la familia, de la misma manera en que Cristo cargó lo que no le correspondía.
Cuando no hay un pasaje claro de las Escrituras que resuelva directamente el caso, el pastor Núñez propone considerar criterios más concretos: la probabilidad real de sobrevivencia, no la edad cronológica. Un paciente joven con una enfermedad terminal puede tener menos posibilidades que un anciano sin otras complicaciones. También sugiere que, si las circunstancias lo permiten, se consulte con los propios pacientes, pues hay quienes han elegido voluntariamente ceder su oportunidad de vida en favor de otro.
La conclusión es que estas decisiones deben tomarse caso por caso, con humildad, considerando todos los elementos disponibles, y reconociendo que no siempre habrá una respuesta clara y definitiva.