Miguel Núñez • 15 febrero, 2018
¿Jesús vino a salvar a todo el mundo o únicamente a los elegidos de Dios? Esta pregunta, aunque incómoda, no puede responderse desde la intuición ni desde lo que todos crecimos escuchando. La única fuente válida para responderla es la misma Escritura.
Juan 6:37 ofrece un punto de partida claro: Jesús afirma que vendrán a Él aquellos que el Padre le da, no la humanidad en general. El versículo 39 profundiza esa idea: la voluntad del Padre es que de todo lo que le entregó al Hijo, ninguno se pierda. Hay, entonces, un grupo definido por el Padre mismo, y la promesa de Jesús cubre precisamente a ese grupo. Juan 17 lo confirma desde otro ángulo: Jesús recibió autoridad sobre toda carne, pero la vida eterna la otorga únicamente a quienes el Padre le ha dado. Y en su oración sacerdotal, pocas horas antes de la cruz, Jesús ora expresamente por ellos, no por todo el mundo.
El argumento se vuelve aún más concreto al considerar el destino final. Si Jesús pagó los pecados de toda la humanidad sin excepción, pero hay personas que terminan en el infierno pagando por esos mismos pecados, entonces el pago se estaría haciendo dos veces, lo cual no tiene coherencia. En cambio, si Cristo murió por los elegidos de Dios, el pago es completo y suficiente para ellos, mientras que quienes van al infierno lo hacen porque sus pecados nunca fueron cubiertos por Cristo.
Esta no es una doctrina cómoda, pero es lo que los textos del propio Jesús enseñan con consistencia.