Miguel Núñez • 8 febrero, 2018
Jesús no fue el único hijo de José y María. Esta es la respuesta clara que ofrece la Biblia, aunque contraste con la enseñanza oficial de la Iglesia Católica Romana, que defiende la virginidad perpetua de María incluso después del nacimiento de Cristo. Para los creyentes reformados, esa postura no encuentra respaldo en el texto bíblico, y sostenerla requiere interpretar de manera forzada palabras que el Nuevo Testamento usa con plena naturalidad.
Mateo 13:55 es uno de los pasajes más directos al respecto: allí se menciona a Jesús como el hijo del carpintero, se nombra a María como su madre, y se listan explícitamente sus hermanos: Santiago, José, Simón y Judas. A esto se suman otros momentos en los evangelios donde estos hermanos aparecen junto a María, incluyendo una ocasión en que fueron a buscar a Jesús porque pensaban que había perdido la razón. El pastor Núñez señala que algunos han querido interpretar la palabra "hermanos" como "primos", apoyándose en cierta flexibilidad del griego, pero que no tiene sentido que María anduviera continuamente acompañada de los primos de Jesús. La lectura más natural es la más sencilla: eran sus hermanos.
Detrás de la doctrina de la virginidad perpetua hay una historia teológica con raíces profundas. El pensamiento de Agustín, el gran teólogo de los primeros siglos, estuvo marcado por una visión distorsionada de la sexualidad, herencia de su vida anterior a la conversión. Esa distorsión influyó en la iglesia de Roma, que comenzó a asociar la pureza de María con la ausencia de vida sexual, como si el matrimonio y la maternidad pudieran manchar su dignidad. Pero la Biblia no enseña eso. María podía ser una mujer íntegra y honrada delante de Dios, y al mismo tiempo haber sido madre de otros hijos después de Jesús. Su grandeza no depende de una virginidad perpetua, sino de la gracia que Dios le concedió.