Miguel Núñez • 5 febrero, 2018
¿Por qué Dios eligió nacer en Israel, una nación pequeña y marginada, en lugar de hacerlo en una potencia mundial? La respuesta desafía todo instinto humano: Dios se glorifica precisamente en lo que el mundo desprecia. A nosotros nos atraen el poder, el dinero, el reconocimiento y el estatus, pero los valores del reino son radicalmente opuestos a los valores de este mundo.
La elección del lugar de nacimiento de Jesús lo ilustra con claridad. No solo nació en Israel, una nación relativamente pobre entre las naciones del mundo antiguo, sino que dentro de Israel escogió Belén, una aldea casi desconocida. Y dentro de Belén, no la mejor casa disponible, sino un pesebre rodeado de animales. Cada detalle parece diseñado para contradecir las expectativas humanas. A lo largo de su ministerio, Jesús estuvo rodeado no de fariseos, escribas o personas de influencia, sino de pecadores, prostitutas y discípulos sin mayor educación formal.
Jeremías 9:23 lo anuncia con fuerza: ni el sabio, ni el poderoso, ni el rico tienen razón para gloriarse. Y el apóstol Pablo lo confirma en 1 Corintios 1:26 en adelante, recordando que Dios escogió lo necio para avergonzar a los sabios, lo débil para avergonzar a lo fuerte, y lo vil y despreciado para anular lo que el mundo considera importante, para que nadie se jacte delante de Él.
Hay también una razón teológica más específica: Israel fue la nación escogida por Dios para desarrollar un pueblo que lo siguiera y lo adorara, y Belén en particular había sido señalada de antemano en la profecía de Miqueas 5:2. Dios no improvisa; cumple lo que ha prometido, y lo hace siempre a su manera.