Miguel Núñez • 29 marzo, 2018
En el reino de los cielos, la grandeza se alcanza descendiendo. Eso es exactamente lo que Jesús demostró aquella noche en el Aposento Alto, horas antes de su crucifixión, cuando tomó una tarea que ningún discípulo estaba dispuesto a asumir: lavar los pies de sus maestros. La tradición de la época establecía que un discípulo debía servir a su rabino en casi todo, con una sola excepción: desatar sus sandalias era considerado tan humillante que quedaba fuera de sus obligaciones. Por eso Juan el Bautista decía que ni siquiera era digno de hacer eso por Cristo. Sin embargo, esa misma tarea fue la que Jesús eligió para enseñar algo que sus discípulos no olvidarían jamás.
Al arrodillarse frente a ellos —incluyendo a Judas, el que lo iba a traicionar— Jesús mostró que el servicio verdadero no tiene condiciones ni excepciones. No hay personas que estén por debajo de nuestra atención, ni tareas que estén por debajo de nuestra dignidad. Y lo que pidió a sus discípulos que hicieran unos con otros, él lo hizo primero. Ese es el patrón que atraviesa toda su vida: Dios nunca nos ha pedido algo que su Hijo no haya modelado antes. Nos pide que muramos a nosotros mismos, y Cristo murió primero. Nos pide que amemos al Padre con todo nuestro ser, y Cristo lo amó así hasta la cruz.
Como señala el pastor Núñez, Pedro lo expresó con claridad en su carta: Cristo nos dejó un modelo para que pudiéramos caminar tras sus huellas. La imagen es poderosa: él fue delante dejando pisadas visibles, para que nosotros pudiéramos poner nuestros propios pies sobre ellas. Servir así, sin elitismos ni condiciones, no es una sugerencia del evangelio. Es el camino que él mismo trazó.