Miguel Núñez • 28 febrero, 2018
La exclamación de Jesús en la cruz —"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"— no es una expresión de confusión ni de debilidad espiritual. Es la manifestación más profunda de lo que significó la sustitución: Jesús, cargando con el pecado de los pecadores, experimentó en carne propia lo que le espera a todo ser humano que enfrenta la condenación eterna.
Cuando un pecador llega al infierno, lo que lo destruye no es simplemente el fuego o el tormento físico, sino la ausencia total de la gracia, la misericordia, el sustento y la paz de Dios. Para que el pago de Cristo fuera real y no simbólico, era necesario que Él sintiera precisamente eso: el abandono del Padre, el peso completo de la ira divina sin ningún alivio, sin ningún consuelo, sin ningún ángel que lo sostuviera. El contraste con Getsemaní lo hace evidente: en el huerto, Dios le envió un ángel para consolarlo; en la cruz, no hubo nada de eso. Solo el silencio del Padre y la plenitud de su justicia cayendo sobre el Hijo.
Lo que Jesús sintió durante esas tres horas en la cruz es lo que el pecador no redimido sentirá por toda la eternidad. Su desesperación tuvo un fin; la del condenado no tendrá ninguno. Por eso su clamor no es solo una cita del Salmo 22 —aunque lo sea—, sino el grito más real de quien verdaderamente tomó nuestro lugar y bebió hasta el fondo la copa que nos correspondía a nosotros.