Miguel Núñez • 17 enero, 2017
Cuando Jesús declaró que solo el Padre conocía el día y la hora de su regreso, muchos han concluido que eso prueba que Jesús era simplemente un hombre, sin omnisciencia. Pero esa conclusión pasa por alto lo que la Palabra de Dios enseña sobre quién es Cristo realmente: el Hijo eterno de Dios encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre al mismo tiempo.
El Concilio de Calcedonia, reunido en el año 451, formuló con precisión lo que las Escrituras revelan: Jesucristo posee dos naturalezas completas en una sola persona. Su naturaleza divina nunca perdió ninguno de sus atributos, incluida la omnisciencia. Su naturaleza humana, en cambio, mantuvo todos los límites propios de la humanidad: el hambre, el cansancio, la necesidad de dormir, y un entendimiento que, como señala Lucas, crecía con el tiempo. Esa es la mente humana de Cristo. La mente divina, sin embargo, lo conocía todo, siempre.
Durante su encarnación, Jesús vivió primordialmente como hombre, representándonos a nosotros. Nunca usó sus atributos divinos para favorecerse a sí mismo, porque hacerlo hubiera roto esa representación. Y sin embargo, su omnisciencia divina se manifestó en momentos concretos: supo quién le había tocado el manto entre la multitud, conoció el interior de los corazones, y supo desde el principio que Judas lo traicionaría.
Así, cuando Jesús habló de no conocer el día ni la hora, lo hizo desde su modo de vivir como ser humano en ese momento. Si hubiera puesto a trabajar su mente divina, habría conocido también eso. Hoy, resucitado y glorificado, él conoce perfectamente cuándo, cómo y con quiénes regresará.