Miguel Núñez • 13 febrero, 2018
La encarnación del Hijo de Dios plantea una de las preguntas más profundas de la fe cristiana: cuando Jesús se hizo hombre, ¿dejó de ser Dios? La respuesta es un rotundo no, y las razones para afirmarlo son tanto bíblicas como históricas. Dios, por su misma naturaleza, no puede dejar de ser Dios. Si Jesús hubiera podido perder su divinidad en algún momento, eso significaría que nunca fue verdaderamente Dios, porque la esencia divina es eterna e inmutable.
Lo que ocurrió en la encarnación no fue una pérdida, sino una adquisición. El Verbo que desde el principio estaba con Dios y era Dios, como lo afirma el Evangelio de Juan, tomó para sí una naturaleza humana sin desprenderse de la divina. Por eso Jesús pudo experimentar hambre, sed y cansancio, y al mismo tiempo caminar sobre las aguas, multiplicar panes y perdonar pecados, algo que sus propios enemigos reconocieron como prerrogativa exclusiva de Dios.
Esta verdad no fue elaborada tardíamente por la iglesia. Tan temprano como el año 325, el Concilio de Nicea tuvo que defender que Cristo era verdadero hombre y verdadero Dios frente a quienes, como Arrio, lo reducían a un hombre extraordinario pero no divino. El credo resultante afirmó que las dos naturalezas de Cristo se unieron sin confundirse, y permanecen unidas para siempre.
Los propios discípulos lo reconocieron así. En la barca, ante la tormenta, le adoraron. Tomás, el escéptico, lo confesó de rodillas: "Mi Señor y mi Dios." Esa confesión resume todo: Jesús no fue menos Dios por haberse hecho hombre, sino que en su humanidad reveló quién siempre había sido.