Miguel Núñez • 1 febrero, 2017
Una de las objeciones más frecuentes contra el cristianismo es la que señala con el dedo las violencias históricas cometidas en nombre de Cristo: las cruzadas, las inquisiciones, las guerras religiosas. La pregunta parece devastadora, pero tiene una respuesta que vale la pena escuchar con cuidado.
El pastor Núñez propone una distinción fundamental: la clave no está en quién ordenó las matanzas, sino en si quienes las cometieron actuaban conforme a las enseñanzas de su fundador. En el caso del cristianismo, la respuesta es clara: Cristo mandó amar incluso a los enemigos. Quienes mataron en su nombre no estaban aplicando su doctrina, sino contradiciéndola en lo más básico. Por eso, llamarlos "cristianos" resulta históricamente inexacto, sin importar que actuaran bajo la autoridad del Papa o enarbolaran una cruz.
El contraste se vuelve aún más revelador cuando uno mira otros regímenes históricos. Hitler eliminó seis millones de judíos llevando a cabo exactamente lo que su propia ideología proclamaba. Stalin masacró cerca de veinte millones de personas aplicando los principios del movimiento que lideraba. En Cambodia, tres millones de personas murieron en los llamados Killing Fields bajo una lógica de supremacía racial. Mao Zedong eliminó entre cuarenta y cinco y sesenta millones de personas ejecutando sus propios principios. En todos estos casos, la violencia era coherente con la doctrina del fundador, no una traición a ella.
Conocer bien la historia —la de Cristo y la de estos regímenes— es lo que permite hacer esa distinción con honestidad y defender el cristianismo desde un terreno firme.