Miguel Núñez • 9 marzo, 2017
Cuando el gobierno se opone directamente a Dios, el cristiano no tiene una sola respuesta automática, sino que está llamado a ejercer sabiduría. El principio fundamental es claro: la autoridad de Dios está por encima de la autoridad de cualquier gobierno humano. Hechos 5:29 lo establece sin ambigüedades: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Cuando el Estado exige participar en algo contrario a la voluntad de Dios, el creyente debe resistir y estar dispuesto a pagar las consecuencias.
Los tres amigos de Daniel ilustran este principio con fuerza. Ante la orden de postrarse ante la estatua de oro bajo amenaza de ser lanzados al horno de fuego, su respuesta fue una negativa firme y confiada en que Dios podía librarlos. Y así ocurrió. Sin embargo, no siempre el desenlace es el mismo: Esteban fue apedreado, Jacobo fue decapitado, mientras que Pedro fue liberado milagrosamente. Dios actúa soberanamente en cada situación.
Esto no significa que el cristiano deba actuar con ingenuidad. La Escritura llama a ser sabios como serpientes e inocentes como palomas, y ese equilibrio es precisamente lo que ha permitido que la iglesia persevere bajo regímenes opresores. En China, en Cuba, en Corea del Norte, la predicación no se ha detenido; lo que ha cambiado es la forma. La iglesia subterránea ha seguido fielmente su misión, adaptando los métodos sin ceder en el mensaje.
Al final, el pastor Núñez concluye que la obediencia a Dios siempre tendrá la última palabra. Los regímenes cambian, las prohibiciones varían, pero la Palabra sigue avanzando. La clave no es si predicar, sino cómo hacerlo con sabiduría en cada contexto.