La pregunta de si existen profetas en la iglesia hoy genera tanto inquietud como confusión en muchos creyentes. Para responderla bien, es necesario entender primero qué era un profeta y cuál era su función real, porque sin esa claridad es fácil llegar a conclusiones equivocadas.
Los profetas del Antiguo Testamento no tenían como tarea principal predecir el futuro. Su función central era traer la voluntad de Dios al pueblo, revelarla con autoridad directa. Lo que ellos comunicaron quedó escrito y forma parte del legado que hoy tenemos en las Escrituras. Con la llegada de Jesucristo, esa función fue continuada por los apóstoles, quienes también recibieron revelación directa de Dios y la pusieron por escrito para la iglesia del Nuevo Testamento. Ese proceso de revelación ya se completó.
Cuando la carta a los Efesios menciona que Dios dio a su iglesia pastores, evangelistas, maestros y profetas, no está estableciendo una lista permanente de oficios para todos los tiempos, sino describiendo cómo Dios fue construyendo a su pueblo a lo largo de la historia. El oficio de profeta, como tal, quedó atrás porque ya no hay revelación doctrinal nueva. Lo que sí continúa es la función profética: cada vez que un pastor expone la Palabra, está revelando la voluntad de Dios a su congregación. Pero eso es muy distinto a ocupar el oficio de profeta.
El pastor Núñez concluye que incluso si alguien afirmara traer una profecía hoy, ese acto en sí mismo no lo convierte en profeta. El oficio tiene una función específica, fue dado por Dios en un tiempo determinado, y ese tiempo ya terminó.