El calvinismo es uno de esos términos que circula con frecuencia en conversaciones evangélicas, pero que pocas veces se explica con claridad. Juan Calvino fue uno de los teólogos más grandes de la historia de la iglesia, contemporáneo de Martín Lutero, y su legado doctrinal sigue siendo relevante y debatido siglos después. Lo que hoy llamamos "calvinismo" es en realidad un conjunto de énfasis teológicos que Calvino desarrolló al escudriñar las Escrituras, aunque él mismo nunca usó ese término para describirlos.
El corazón del pensamiento de Calvino fue la soberanía de Dios. Para Calvino, el mundo es el teatro donde Dios despliega su gloria, y ese Dios soberano actúa conforme a su voluntad sin que nadie pueda cuestionarlo ni aconsejarlo. A partir de ese centro, se desarrollan los cinco puntos que hoy se resumen en el acrónimo TULIP: la depravación total del ser humano, que no significa que el hombre sea tan malo como podría serlo, sino que todas sus facultades están manchadas por el pecado; la gracia inmerecida, pues el hombre no posee ninguna cualidad que obligue a Dios a salvarlo; la expiación limitada, que sostiene que Cristo murió específicamente por los elegidos; la gracia irresistible, según la cual quien Dios llama termina creyendo; y la perseverancia de los santos, es decir, que quienes son genuinamente salvos son preservados por Dios hasta la gloria.
El pastor Núñez ilustra la irresistibilidad de la gracia con la historia de Jonás: al final del camino, Jonás no pudo resistir la gracia de Dios. Estos cinco puntos no agotan todo lo que Calvino enseñó, y no todos quienes se llaman calvinistas los abrazan en su totalidad, pero sí representan lo que más comúnmente se asocia con ese nombre.