Miguel Núñez • 2 abril, 2018
Que alguien conozca la historia de Jesús y aun así viva como si Dios no existiera no es un misterio difícil de resolver: la razón es que el hombre, por naturaleza, es enemigo de Dios. Así lo declara Romanos 5.10, y aunque esa verdad resulte incómoda, explica por qué tantas personas reaccionan con enojo cuando alguien les habla de Cristo. No es indiferencia casual; es hostilidad hacia aquel a quien no quieren reconocer como Señor.
El problema no es la falta de evidencia. Romanos 1.19 en adelante deja claro que Dios ha puesto su huella en toda la creación y también en la conciencia de cada ser humano. El hombre sabe, en su interior, que existe un Dios. Pero saber no equivale a querer someterse. No le conviene al hombre tener que rendir cuentas a nadie. Por eso, aunque la creación grita que hay un Creador, termina adorando a la criatura en su lugar. Incluso los científicos que estudian astronomía, quienes deberían ser los mejores adoradores del mundo, prefieren creer que su ciencia puede explicarlo todo antes que reconocer a alguien que los juzgue.
A esto se suma el deterioro que trajo la caída. Desde que Adán y Eva fueron expulsados del Edén, el hombre carga con una mente entenebrecida que no comprende la revelación de Dios, un corazón de piedra que no siente por las cosas eternas, y una voluntad esclavizada que no puede obedecer lo que Dios manda. No es simplemente que no quiera: es que tampoco puede. Esa combinación lo mantiene viviendo de espaldas a Dios, atrapado en una enemistad que solo la gracia puede romper.