El bautismo del Espíritu Santo no es una experiencia reservada para algunos creyentes especiales, ni se identifica con el don de hablar en lenguas. Es la experiencia de conversión misma, el momento en que el Espíritu bautiza a toda persona que llega a la fe en Cristo. Esta comprensión no es opcional ni secundaria: toca directamente cómo entendemos la salvación y la unidad del cuerpo de Cristo.
El pasaje de 1 Corintios 12:13 lo afirma con claridad: "por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo". La palabra clave es "todos". Si el bautismo del Espíritu fuera lo mismo que hablar en lenguas, quedarían excluidos muchos creyentes genuinos, algo que el propio Pablo descarta en esa misma carta al decir que no todos hablan en lenguas. Ese versículo, como señala el pastor Núñez, debería poner fin a la controversia.
Entonces, ¿por qué en el libro de los Hechos el bautismo del Espíritu frecuentemente vino acompañado de hablar en lenguas? La respuesta está en el propósito histórico de esas señales. Dios confirmó de manera visible que la salvación alcanzaba a judíos, samaritanos, gentiles piadosos como Cornelio, y griegos que solo conocían el bautismo de Juan. Los judíos, acostumbrados a pensar que la salvación era privilegio suyo, necesitaban evidencias externas contundentes. Las lenguas sirvieron para esa confirmación en un momento fundacional de la iglesia.
Lo que permanece como norma para todos los tiempos es esto: el bautismo del Espíritu es inseparable de la conversión. No es una segunda experiencia, no requiere una señal particular, y ningún creyente verdadero queda excluido de él.