Miguel Núñez • 20 marzo, 2017
El divorcio es una de las preguntas más delicadas que los creyentes enfrentan, y la Biblia no lo prohíbe en términos absolutos, aunque tampoco lo ofrece como una salida fácil. Hay condiciones específicas bajo las cuales las Escrituras permiten disolver un matrimonio, y entenderlas correctamente marca una diferencia enorme en cómo la iglesia acompaña a quienes atraviesan estas situaciones.
La primera condición es el adulterio. Jesús mismo señaló que quien se divorcia y se vuelve a casar comete adulterio, con excepción de quien fue víctima de infidelidad. Pero incluso en ese caso, el divorcio no debe ser la respuesta inmediata. Los principios de gracia, perdón y restauración deben guiar primero el proceso, buscando sanar el matrimonio antes de darlo por terminado. Si la restauración genuinamente fracasa, solo la parte ofendida tiene el derecho de solicitar el divorcio, nunca quien cometió la infidelidad como pretexto para legalizar lo que ya hizo.
La segunda condición aparece en 1 Corintios 7, donde Pablo trata el caso del cónyuge no creyente que abandona al creyente. En esa situación, dice Pablo, el hermano o la hermana no está obligado a permanecer en una espera indefinida, sino que Dios los ha llamado a vivir en paz, abriendo así la posibilidad de rehacer su vida.
También importa distinguir si el divorcio ocurrió antes o después de la conversión. Lo que sucedió antes de que alguien fuera hecho nueva criatura en Cristo no puede seguir siendo cargado contra él como si Dios no lo hubiera perdonado y transformado.