Miguel Núñez • 10 marzo, 2017
Si Dios es soberano sobre los reyes y las naciones, ¿significa eso que Él es responsable de los gobernantes corruptos que suben al poder? Esta pregunta lleva una tensión real, y responderla con ligereza puede llevar a conclusiones que deshonran el carácter de Dios. El punto de partida es claro: Dios no es autor de pecado. Eso no está en discusión. Pero la soberanía de Dios opera de maneras más complejas que una simple designación directa.
Hay una diferencia importante entre lo que Dios ordena y lo que Dios permite. En el caso de Faraón, Dios mismo declaró que lo había levantado para proclamar su nombre sobre toda la tierra, pero ese levantamiento fue un acto de permiso providencial con un propósito redentor. Lo mismo ocurrió con Saúl: cuando Israel rechazó a Dios como rey y quiso parecerse a las naciones paganas, Dios permitió que Saúl gobernara, no porque fuera un buen hombre, sino como juicio sobre un pueblo que había dado la espalda a su Señor. En ese sentido, hay un grano de verdad en aquella frase que dice que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen.
Pero la historia no termina ahí. El pastor Núñez señala que cuando el pueblo de Dios se humilla genuinamente, intercede y busca la intervención divina, Dios puede revertir el curso de las cosas y levantar gobernantes más justos. La historia de la iglesia lo confirma: las naciones más impactadas por los valores cristianos han producido leyes que más se asemejan a la justicia de Dios. La soberanía divina no nos paraliza; nos llama a orar, a buscar a Dios y a tomar responsabilidad.