Miguel Núñez • 22 abril, 2020
Hay prácticas que circulan entre creyentes y líderes religiosos que, aunque se presentan con autoridad o fervor, no resisten un análisis honesto a la luz de la Palabra de Dios. Dos de esas prácticas, muy visibles durante la pandemia del COVID-19, merecen ser examinadas con cuidado: los pastores que decretan públicamente el fin de la enfermedad, y el Papa Francisco ofreciendo indulgencias por video a quienes estuvieran conectados a la transmisión.
Sobre los decretos relacionados con el COVID-19, el pastor Miguel Núñez señala que quienes los practican no solo malentienden la Palabra de Dios, sino también el alcance de su propia autoridad. Decretar que una pandemia se detenga, o soplar sobre ella como si eso la expulsara, es asumir una prerrogativa que pertenece exclusivamente a Dios. Orar con fe para que la pandemia termine es correcto y bíblico; pero nadie puede reclamar el poder de crear realidades con sus palabras, ni positivas ni negativas. Esa idea proviene del movimiento de señales y prodigios, y la Biblia no la sostiene ni tangencialmente.
En cuanto a las indulgencias papales, el problema de fondo no es simplemente económico como en el siglo XVI, sino teológico: nadie tiene el poder de perdonar los pecados de otra persona, y aun si lo tuviera, el perdón no puede otorgarse en ausencia de arrepentimiento genuino. El perdón de los pecados descansa únicamente sobre lo que Cristo hizo en la cruz: su sacrificio penal y sustitutivo, no sobre ningún decreto humano.
El pastor Núñez concluye con una invitación directa a los creyentes católicos a examinar la Palabra y ajustar toda práctica a su lineamiento, recordando que ese mismo principio aplica para cualquier iglesia o tradición, incluida la propia.