Miguel Núñez • 6 marzo, 2017
La corrupción gubernamental no es una anomalía en la historia humana, sino una realidad que la Biblia asume como parte de la condición caída del ser humano. Quien no conoce a Cristo solamente tiene una posibilidad: pecar. Por eso, esperar que los gobiernos de este mundo operen con plena justicia e integridad es desconocer lo que la Escritura ya nos advierte sobre la naturaleza humana sin la gracia de Dios.
Sin embargo, esa realidad no paraliza al creyente ni lo lanza a la rebeldía. El pastor Núñez señala los ejemplos de José y Daniel como modelos de fe en medio de gobiernos profundamente corruptos. A ninguno de los dos se le encomendó derribar el poder de turno, sino brillar con excelencia e integridad dentro de él. Esa es la misma vocación del cristiano hoy: ser sal y luz en medio de una generación que Pablo mismo describió como perversa y torcida.
La Biblia también establece que los gobiernos tienen una responsabilidad real ante Dios: son ministros llamados a castigar el mal, como enseña Romanos 13. Cuando fallan en eso, no quedan impunes. La justicia engrandece a las naciones, y el pecado las destruye. Dios mismo ha juzgado pueblos dándoles gobernantes corruptos, como ocurrió con Israel cuando pidió un rey y recibió a Saúl.
Mientras esperamos al único Rey verdadero, Cristo Jesús, que reinará con perfecta justicia, nuestra tarea no es derribar estructuras sino vivir con integridad, orar por los gobiernos y confiar en que Dios quita y pone autoridades según su soberanía.