Miguel Núñez • 11 mayo, 2020
La controversia en torno a las vacunas, especialmente en el contexto del COVID-19, ha generado temores innecesarios tanto dentro como fuera del pueblo de Dios. Sin embargo, décadas de evidencia médica demuestran que las vacunas no solo han salvado vidas, sino que han erradicado enfermedades enteras. Antes de que existieran, muchas personas morían de males como la viruela o el polio; hoy esas enfermedades prácticamente han desaparecido del planeta precisamente gracias a la vacunación masiva. Mujeres embarazadas que nunca fueron vacunadas sufrieron enfermedades como el sarampión, la rubéola y la varicela, y en muchos casos sus bebés nacieron con malformaciones congénitas, sordera o ceguera.
Frente a preocupaciones específicas que circulan entre creyentes, la evidencia responde con claridad. La posibilidad de que una vacuna contra el COVID-19 cause abortos no es fundada: desde hace décadas se evitan ciertas vacunas durante el embarazo precisamente para proteger al feto, y esa práctica continuaría. La supuesta vinculación entre vacunas y autismo ha sido estudiada repetidamente y descartada de manera concluyente. La idea de que una vacuna podría ser "la marca de la bestia" tampoco tiene base real cuando se entiende la historia y el propósito de la inmunización.
El pastor Miguel Núñez, hablando desde su formación como infectólogo, afirma que vacunarse no solo protege al individuo, sino al prójimo, al evitar que uno se convierta en portador y fuente de contagio. La mejor medicina, insiste, es la preventiva. Lejos de estar en tensión con la fe cristiana, la ciencia que hace posible las vacunas es parte de la sabiduría común que Dios le concede a la humanidad, y el pueblo de Dios debería apoyarla con convicción.