Miguel Núñez • 8 mayo, 2020
Proteger la vida humana es el valor supremo durante una pandemia, pero esa protección no se logra únicamente con el aislamiento. También requiere que las sociedades mantengan la capacidad de producir, alimentar y cuidar a sus habitantes. Esa es la tensión real que este episodio aborda: no se trata de elegir entre la economía y la vida, sino de reconocer que la vida misma depende de ambas.
Desde el inicio de la pandemia, el pastor Núñez sostuvo públicamente que era necesario comenzar a pensar en cómo reabrir la sociedad. Esa postura generó críticas, pues muchos interpretaron que estaba colocando el factor económico por encima del valor de la vida. Sin embargo, su argumento es precisamente el contrario: una sociedad que colapsa económicamente pierde su capacidad de alimentar, sostener y proveer atención médica a su propia población. El bien que se intenta proteger es el mismo que se termina destruyendo.
La reapertura, sin embargo, no puede ser uniforme ni apresurada. Cada país, cada sector productivo y hasta cada tipo de edificación exige una estrategia propia. El pastor Núñez ilustra esto con dos ejemplos concretos: Israel eligió reabrir primero su sector tecnológico por ser el mayor generador de divisas, mientras que República Dominicana enfrenta un desafío mayor, ya que su principal fuente de ingresos es el turismo, una actividad que por su naturaleza implica concentración de personas.
La conclusión es clara: la vida se protege de dos maneras inseparables, a través de la salud y a través de los recursos económicos que permiten sostenerla. No hay solución única para todos, pero sí hay una convicción firme: las sociedades deben encontrar el camino para reactivarse con inteligencia y responsabilidad.