Miguel Núñez • 5 abril, 2018
Cuando un cónyuge pide el divorcio por razones que no tienen respaldo bíblico, la persona cristiana enfrenta una de las situaciones más dolorosas y desconcertantes de la vida. La pregunta no es sencilla, pero sí tiene un camino: hay cosas que se pueden hacer, y hay cosas que simplemente no se pueden.
Lo primero es orar, pidiéndole a Dios que transforme el corazón del cónyuge. También es posible buscar consejería, ya sea con un consejero bíblico o con alguien que tenga valores cristianos, aunque la otra persona no pueda ser forzada a participar. Se puede intentar convencerlo con argumentos concretos: los hijos, la posibilidad de reconstruir la relación, la oportunidad de hacerlo mejor. Pero si después de todo eso el cónyuge sigue insistiendo en el divorcio, no hay nada que se pueda hacer para obligarlo a quedarse. Pelear o exasperarse solo agrava la situación.
Hay también algo que exige valentía: hacer introspección honesta. En todo conflicto hay dos contribuyentes, en distintas proporciones, y reconocer la propia parte es parte del camino. El pastor Núñez recuerda el ejemplo de Israel en las Crónicas, cuando el pueblo, rodeado de enemigos, le dijo a Dios: "No sabemos qué hacer, pero nuestros ojos están vueltos a ti." No sabían qué hacer, pero sí sabían dónde ir.
La espera y la oración no son una garantía de que el cónyuge va a regresar. Son, más bien, la confianza en que lo que ocurra ha sido permitido por Dios, y que Él no va a desamparar ni dejar solo a quien confía en Él. El pastor Núñez incluso conoce casos en los que el divorcio llegó a consumarse y luego la pareja decidió reunirse y volver a casarse. Dios puede hacer lo inesperado, pero aun si no lo hace, su presencia y provisión son seguras.