Miguel Núñez • 7 marzo, 2017
El cristiano tiene una responsabilidad ante las injusticias del mundo, y la Biblia lo respalda. Desde Génesis hasta los profetas, Dios ha manifestado una profunda preocupación por la justicia. El profeta Amós, considerado por muchos como el profeta de la justicia social, dedicó su ministerio a denunciar las injusticias del pueblo de Israel como parte del llamado de Dios al arrepentimiento. Esto significa que el creyente no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento y la opresión que lo rodean.
Sin embargo, la manera en que el cristiano se involucra importa tanto como el hecho de involucrarse. El pastor Núñez señala que la participación debe darse a través de canales legales y pacíficos. El ejemplo de William Wilberforce es elocuente: durante más de veinticinco años luchó ante el Congreso inglés por la abolición de la esclavitud, y lo logró sin recurrir a la violencia. En contraste, acciones como quemar clínicas de abortos, aunque provengan de personas que se llaman cristianas, son completamente incompatibles con el camino que el evangelio traza.
Hay además una distinción que no puede pasarse por alto: la diferencia entre el cristiano como individuo y la iglesia como institución. Los creyentes pueden y deben involucrarse en causas justas, incluyendo marchas y protestas legítimas. Pero cuando la iglesia como institución abandona la proclamación del evangelio para abrazar las luchas sociales como su causa principal, la historia muestra que termina perdiendo precisamente aquello que la hace única: el mensaje de salvación que transforma corazones, voluntades y, a través de ellos, naciones enteras.