Miguel Núñez • 21 marzo, 2018
¿Cuándo llega el Espíritu Santo a una vida? La pregunta parece simple, pero la respuesta exige una distinción que muchos creyentes no conocen: el Espíritu no obra de la misma manera en el incrédulo que en el creyente. Entender esa diferencia cambia por completo la forma en que oramos y comprendemos la salvación.
En el incrédulo, el Espíritu actúa primero trayendo vida donde no había ninguna. Nadie puede entender el evangelio estando espiritualmente muerto. La imagen de Lázaro lo ilustra con claridad: para que Lázaro pudiera oír la voz de Jesús y salir de la tumba, tuvo que estar vivo antes de obedecer. Así también ocurre en el alma humana. El Espíritu despierta, ilumina, hace nacer de nuevo, y solo entonces el corazón puede sentir el peso del pecado, escuchar el mensaje de la cruz y responder con arrepentimiento y fe. Ese primer movimiento es invisible y soberano, como el viento del que habla Juan 3.
En el creyente, en cambio, el Espíritu ya habita. Por eso cuando Lucas 11.13 nos invita a pedir el Espíritu Santo, no se trata de recibirlo por primera vez, sino de pedir su llenura: una manifestación más plena y poderosa de lo que ya está presente. Esa llenura no cambia el poder del Espíritu, sino cuánto de ese poder se expresa en la vida de cada uno, ya sea en la oración, la enseñanza, la predicación o la hospitalidad.
La oración y el Espíritu están profundamente conectados. Los discípulos estaban orando cuando el Espíritu descendió en Pentecostés. Dios ya sabía lo que haría, pero los quería orando porque la oración los preparaba para recibirlo. Pedir al Padre que llene de su Espíritu sigue siendo una de las oraciones más necesarias y descuidadas del creyente.