Miguel Núñez • 3 abril, 2018
No todas las promesas de la Biblia son para todos. Esa es la tensión que muchos creyentes enfrentan sin saberlo: toman versículos que les resultan alentadores y los aplican a su vida como si Dios se los hubiera dicho directamente a ellos, sin considerar a quién iban dirigidos originalmente ni en qué contexto fueron dados.
La Biblia contiene al menos tres tipos de promesas que deben distinguirse con cuidado. Hay promesas hechas a individuos particulares, como la que Dios le hizo a Abraham sobre su descendencia; hay promesas hechas a la nación de Israel en un momento específico de la historia redentora, como la apertura del mar; y hay promesas dirigidas a todos los creyentes en general, como "nunca te dejaré ni te desampararé" o la promesa de la presencia de Cristo hasta el fin del mundo. Solo este último grupo puede apropiarse con plena confianza.
Un ejemplo que el pastor Núñez trabaja con claridad es el del carcelero de Filipos, a quien Pablo le dice: "Cree y serás salvo tú y tu casa." El mismo texto narra de inmediato el cumplimiento de esa promesa en esa familia específica. Sin embargo, muchos han tomado esas palabras como garantía de que sus propios hijos y nietos creerán, incluso ante toda evidencia contraria. Hacerlo es ignorar que esa fue una palabra dada a una persona particular en una noche particular.
El tipo de literatura también importa. Los libros históricos como Hechos narran lo que ocurrió en un momento dado, no lo que seguirá ocurriendo siempre. Libros doctrinales como Romanos, en cambio, describen y prescriben realidades para todos los creyentes. Confundir estos géneros lleva a aplicaciones equivocadas que, en el mejor de los casos, generan falsas expectativas, y en el peor, sacuden la fe cuando la realidad no responde como se esperaba.