Miguel Núñez • 19 enero, 2017
La teología reformada no es simplemente un sistema doctrinal entre otros; es una visión integral de la realidad que coloca a Dios en el centro de todo. Su punto de partida es la condición del ser humano: una criatura esclavizada por el pecado, con la mente entenebrecida, el corazón endurecido y la voluntad cautiva, incapaz por sí misma de alcanzar la salvación. Solo el evangelio de Jesucristo puede romper esa oscuridad y liberar al hombre de esa esclavitud.
El corazón de esta teología se expresa en las cinco solas de la Reforma. La Sola Escritura establece que únicamente la Palabra de Dios tiene autoridad máxima en materia de fe y práctica. La Sola Gratia afirma que no existe mérito humano alguno que Dios pueda considerar para otorgar salvación. La Sola Fide señala que la fe —la confianza depositada en el sacrificio de Cristo en la cruz— es el instrumento por medio del cual Dios salva al hombre. El Solus Christus declara que Cristo es el único camino, la única verdad y el único intercesor. Y la Soli Deo Gloria cierra el círculo: en la salvación no hay gloria para el hombre, solo para Dios, quien es digno de todo honor, poder y majestad por los siglos de los siglos.
Pero la Reforma también transformó la manera en que entendemos la vida cotidiana. Al recuperar el sacerdocio de todos los creyentes, Lutero abrió la puerta para comprender que el trabajo diario —no solo las actividades religiosas— es una ofrenda a Dios y una forma de glorificarlo. Del mismo modo, el pastor reformado no es vicario ni reemplazo de Cristo, sino un líder espiritual que ayuda a las ovejas a conocer mejor la revelación de Dios, sin interponerse entre el creyente y su único Mediador.