Miguel Núñez • 19 febrero, 2018
Las tragedias provocadas por el uso indiscriminado de armas de fuego no son simplemente un problema legal o político: son el fruto visible de una sociedad que se ha alejado de Dios. Cuando una cultura abandona el temor de Dios, también abandona los valores que nacen de reconocer que el ser humano fue creado a su imagen. El valor por la vida humana no es una convención social; es algo profundamente arraigado en esa imagen divina. Y cuando se pierde, las consecuencias se despliegan en muchas direcciones a la vez: el aborto, la eutanasia, la violencia intrafamiliar y las masacres en escuelas son expresiones distintas del mismo colapso moral.
Ante cada nueva tragedia, el peligro real es la insensibilización. Lo que antes horrorizaba comienza a normalizarse, y la exposición constante a imágenes de violencia a través de las redes sociales acelera ese proceso. Por eso, la primera respuesta del cristiano no debe ser política sino espiritual: un espíritu de contrición, oración genuina por las familias afectadas y por las iglesias locales que tienen la tarea de ministrar en medio del dolor.
En cuanto al cristiano y las armas, el pastor Miguel Núñez no traza una línea absoluta, pero sí expresa una inclinación clara: salvo quienes ejercen funciones de seguridad o defensa, el creyente está llamado a confiar su protección a Dios. La controversia en torno a la Segunda Enmienda en Estados Unidos ilustra bien la tensión: un joven de 18 años puede comprar un rifle de alto poder, pero la misma ley le prohíbe comprar alcohol o tabaco por falta de madurez. Esa contradicción revela cuánto se ha salido de control la legislación sobre armas. En medio del caos, la certeza del cristiano no reposa en ninguna ley ni en ningún arma, sino en que Dios sigue en control.