Miguel Núñez • 2 marzo, 2018
La resurrección de Jesús no es un detalle periférico de la fe cristiana: es el fundamento sobre el cual todo lo demás se sostiene o se derrumba. Sin ella, las profecías habrían fallado, la palabra de Dios habría quedado en entredicho y Dios mismo no podría considerarse confiable. Esa es la magnitud de lo que está en juego cuando alguien cuestiona o niega este acontecimiento central del evangelio.
Pero hay algo aún más profundo: la resurrección no es simplemente la prueba de que Jesús estaba vivo. Es el amén del Padre al sacrificio de la cruz. Si Cristo hubiera muerto y permanecido en la tumba, eso significaría que su ofrenda no complació a Dios, que fue insuficiente, y que por tanto nuestros pecados siguen sin ser perdonados. La resurrección es precisamente la señal de que el Padre quedó completamente satisfecho con lo que el Hijo ofreció. Por eso, como lo señala el pastor Miguel Núñez a partir de 1 Corintios 15, sin resurrección nuestra fe es vana y todavía estamos en nuestros pecados.
Pablo lleva el argumento hasta sus últimas consecuencias: si Cristo no resucitó, quienes han muerto creyendo en Él han perecido, y los que aún viven sometiendo su vida a sus demandas son los más dignos de lástima entre todos los hombres. ¿Para qué sacrificarse si al final no hay resurrección ni esperanza real? Pero ese no es el caso. La tumba quedó vacía, y eso lo cambia todo.
La resurrección es la garantía viva de cada promesa que Cristo hizo. Es el ancla de la esperanza del creyente frente a la muerte, y el mensaje que dio origen a la iglesia primitiva. Sin ella no hay nada que predicar; con ella, hay vida eterna que ofrecer.