Miguel Núñez • 19 enero, 2017
La Reforma Protestante no fue simplemente una división eclesiástica ni la rebelión de un monje. Fue una revolución de cosmovisión que transformó profundamente a las sociedades que la abrazaron. Los países que se desarrollaron bajo esa nueva manera de entender a Dios, al trabajo y al ser humano alcanzaron avances económicos, educativos y científicos notablemente distintos a los de las naciones que no fueron tocadas por ese movimiento.
Latinoamérica llegó tarde a esa historia. Martín Lutero clavó sus 95 tesis en 1517, apenas 25 años después de que el continente fuera descubierto. Nunca fue impactada por esa cosmovisión reformada, y eso explica en buena medida el rezago que aún se observa en tantas áreas del desarrollo. La fe que transformó a Europa llegó a nuestras playas de manera tardía y fragmentada.
Sin embargo, algo ha comenzado a cambiar. El pastor Miguel Núñez describe un despertar genuino en toda Latinoamérica: en Argentina, Chile, Bolivia, Colombia, México, el Caribe y más allá, grupos de personas e iglesias han ido abrazando las doctrinas de la gracia y la teología bíblica centrada en Dios. Una luz que Europa vio hace 500 años ha comenzado a iluminar nuestras naciones.
Al conmemorarse el quinto centenario de la Reforma, el llamado es claro: orar, unirse al movimiento y sostener con esperanza lo que Dios está haciendo en el continente. La misma verdad que produjo una ética de trabajo distinta y naciones transformadas puede todavía cambiar a Latinoamérica desde adentro.