Miguel Núñez • 10 febrero, 2017
La pregunta de fondo en el debate entre el arminianismo y el calvinismo no es simplemente histórica ni académica: toca el corazón mismo de la salvación. ¿Viene la salvación del hombre que elige a Dios, o de Dios que transforma al hombre para que pueda elegirlo? De esa pregunta dependen todas las demás diferencias entre estas dos tradiciones teológicas.
Arminio, teólogo del siglo XVI y principios del XVII, partió de la idea de que la caída afectó profundamente al ser humano, pero no esclavizó del todo su voluntad. Por eso, en su sistema, el hombre conserva la capacidad de elegir a Dios. La elección divina, entonces, sería una respuesta anticipada de Dios a esa decisión humana: como si Dios mirara a través del túnel del tiempo y escogiera a quienes Él ya sabía que lo escogerían a Él. Pero si se piensa bien, eso convierte la elección del hombre en una obra que lo distingue de su vecino que no creyó, lo cual contradice directamente lo que Efesios 2:8–9 enseña: que la salvación es un don de Dios y no es por obras para que nadie se gloríe.
El calvinismo, en cambio, sostiene que todas las facultades del ser humano —mente, corazón y voluntad— quedaron completamente teñidas por el pecado tras la caída. La voluntad no solo fue debilitada, sino esclavizada. Por eso Romanos 3 puede decir que nadie busca a Dios, y Cristo afirmar que solo el Hijo hace verdaderamente libre. El hombre no puede elegir a Dios porque tiene una voluntad cautiva, un corazón endurecido y una mente incapaz de comprender la oferta de salvación. La raíz de toda la diferencia está ahí: en si la voluntad humana está o no esclavizada al pecado.