Miguel Núñez • 9 febrero, 2017
La Iglesia evangélica latinoamericana enfrenta debilidades profundas que, si se identifican con honestidad, pueden convertirse en el primer paso hacia la sanidad. La más grave de ellas es la deficiencia doctrinal: muchos creyentes han adoptado enseñanzas transmitidas desde el púlpito sin cuestionarlas ni contrastarlas con la Biblia, repitiendo sin saberlo el mismo error histórico del catolicismo, donde lo que dice el sacerdote se asume automáticamente como verdad bíblica. El modelo correcto lo ofrecen los bereanos del libro de Hechos, que escudriñaban las Escrituras cada día para verificar si lo que el mismo Pablo enseñaba era congruente con la Palabra de Dios.
A esta raíz doctrinal se suman otras debilidades igualmente serias. El liderazgo en América Latina ha carecido de formación sólida, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Nadie nace sabiendo liderar, y aunque el liderazgo puede ser un don, incluso quienes lo poseen necesitan aprender a ejercerlo bien. Junto a esto, la Iglesia ha sufrido divisiones frecuentes y muchas veces innecesarias, donde la falta de acuerdo en filosofía ministerial ha llevado a separaciones que generan celos y envidia entre congregaciones.
Finalmente, la adoración latinoamericana ha tendido hacia lo superficial y lo romántico, produciendo música que no refleja la profundidad del carácter y los atributos de Dios. Una adoración verdadera exige un conocimiento bíblico real de quién es Dios. Todo esto apunta a una misma conclusión: el discipulado en la Iglesia debe ser multidimensional, formando a los creyentes en todas las áreas de su vida cristiana.