Miguel Núñez • 30 enero, 2017
La Biblia evangélica y la Biblia católica no contienen el mismo número de libros, y esa diferencia no es un accidente histórico ni una decisión arbitraria. Tiene raíces profundas en la historia del canon y en criterios teológicos que los reformadores aplicaron con coherencia. Los libros en cuestión —conocidos como deuterocanónicos o apócrifos— fueron escritos en el período entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y uno de ellos, el libro de los Macabeos, reconoce abiertamente que durante ese tiempo no hubo profeta en Israel. Esa ausencia de voz profética inspirada es, por sí sola, una señal importante sobre el origen de esos escritos.
Pero hay algo todavía más determinante: estos libros contienen enseñanzas que contradicen directamente lo que el resto de la Biblia enseña. Uno de los criterios fundamentales para incluir un libro en el canon es que su contenido no entre en contradicción con la revelación ya reconocida. Sin embargo, en algunos de estos libros se aprueba orar a los muertos, una práctica que el conjunto de la Escritura rechaza. A eso se suma que ninguno de estos textos existía en hebreo ni formaba parte del canon hebreo que ya había sido aceptado en tiempos de Cristo.
Lo que muchos no saben es que la Iglesia Católica no siempre trató estos libros como plenamente canónicos. La Vulgata, la traducción latina hecha alrededor del año 400, los incluía de forma separada. Solo en el Concilio de Trento, en 1546, en plena contrarreforma, fueron declarados oficialmente canónicos. Así que no fueron los protestantes quienes removieron libros de la Biblia, sino que la Iglesia Católica los incorporó formalmente siglos después, en un contexto de respuesta al avance de la Reforma.