Miguel Núñez • 6 mayo, 2020
Las campañas de sanidad que proliferaban antes de la pandemia brillan por su ausencia precisamente cuando más se las esperaría. Esa ausencia no es accidental: dice algo profundo sobre la verdad que había —o no había— detrás de ellas. El pastor Núñez distingue dos grupos entre quienes las promovían: los que actuaban con buenas intenciones, creyendo genuinamente en lo que hacían, y los que simplemente encontraron en ello un negocio rentable. Estos últimos desaparecieron en cuanto el riesgo se hizo real. Los primeros, en cambio, se han encontrado frente a una enfermedad sobre la cual no tienen ningún poder, y eso debería llevarlos a reconsiderar los fundamentos de lo que proclamaban.
La Escritura misma no avala la idea de que los milagros sean el modo ordinario en que Dios actúa. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, los milagros se concentran en apenas tres períodos: el de Moisés, el de Elías y Eliseo, y el de Cristo y sus apóstoles. Fuera de esos momentos, el silencio es elocuente. Incluso Jesús, quien tenía toda la autoridad para sanar, bajó a la piscina de Betesda rodeado de cientos de enfermos y sanó a uno solo. Al concluir su ministerio, no agradeció al Padre haber sanado a todos, sino haber cumplido lo que Él le había encomendado.
Presumir que podemos anunciar una campaña de sanación para un sábado determinado es actuar como si conociéramos la voluntad soberana de Dios por adelantado. El pastor Núñez, médico de profesión, confiesa haber sido testigo de milagros reales, pero ora por sus pacientes sometiendo siempre esa oración a la voluntad del Padre. Además, los milagros nunca han sido el camino hacia la fe: el pueblo de Israel vivió cuarenta años rodeado de intervenciones divinas diarias y, aun así, pereció en el desierto por su incredulidad. La enfermedad, muchas veces, cumple propósitos más profundos que los que cualquier milagro podría revelar.