Miguel Núñez • 6 febrero, 2017
La salvación según Roma no se reduce a una simple fórmula de obras sin gracia, pero tampoco es la salvación por fe sola que enseña la Escritura. Esa tensión es el punto de partida necesario para entender bien la diferencia, porque caricaturizar la posición católica no ayuda a nadie y oscurece el verdadero problema.
Roma sí enseña que se necesita fe y gracia para ser salvo. El proceso comienza con el bautismo infantil, a través del cual el bebé recibe una infusión de gracia. Pero esa gracia puede perderse cuando la persona comete lo que Roma llama pecados mortales. Para recuperarla, el creyente debe confesarse ante un sacerdote con genuino arrepentimiento, y luego cumplir las obras que el sacerdote le imponga, como rezar un Padre Nuestro o varias Avemarías. A eso se suman visitas a lugares sagrados y buenas obras a lo largo de la vida, todo lo cual va acumulando un crédito ante Dios. Al final de los días, Dios examina ese historial y determina si las obras fueron suficientes. Algunas obras son tan meritorias que prácticamente obligan a Dios a conceder la salvación; otras simplemente hacen que sea congruente que Él lo haga.
Ahí está la diferencia fundamental. En la fe evangélica, ese carácter justo que Dios examina no es propio del creyente ni producto de su esfuerzo acumulado. Es la justicia de Cristo imputada al que deposita su fe en Él como Señor y Salvador. La salvación es por gracia, a través de la fe, completamente independiente de las obras.