Miguel Núñez • 6 marzo, 2018
¿Podía Pablo saber con certeza que su carrera había terminado y que su muerte estaba cerca? La respuesta no es sencilla, porque para entenderla hay que contemplar el tipo de hombre que Pablo era y la clase de relación que sostuvo con Dios a lo largo de toda su vida.
Pablo no llegó a la fe cristiana como cualquier creyente. Su conversión fue un encuentro sobrenatural: fue derribado al suelo y escuchó la voz de Cristo hablándole directamente. A lo largo de su ministerio, esa dimensión sobrenatural continuó. El Espíritu le impidió ir a evangelizar en Bitinia y le dirigió mediante una visión hacia Macedonia. En la cárcel recibió consuelo divino. Y en Jerusalén, Dios mismo le anunció que le esperaban cadenas y prisiones. No era un creyente ordinario; era un apóstol que recibió el evangelio no de hombre alguno, sino directamente del Hijo de Dios, como él mismo lo escribió a los gálatas. Esa misma autoridad apostólica y esa misma línea de revelación directa es lo que le permitió escribir a Timoteo con la certeza de que ya estaba listo para ser ofrecido como una ofrenda de libación.
Sin embargo, el pastor Miguel Núñez es claro en señalar que esa experiencia no es la norma para los creyentes de hoy. Nosotros no somos apóstoles ni profetas, y por tanto no poseemos ese tipo de revelación infalible. Dios puede hablar a través de su Palabra, de impulsos que el Espíritu produce en el corazón, o del querer y el hacer que nos orientan. Pero esperar la certidumbre que tuvo Pablo sobre su propia muerte sería confundir lo excepcional con lo ordinario.